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EL CULEBRERO MAYOR

Jorge Enrique Robledo Bogotá, 21 de abril de 2006. Hace meses, Mauricio Vargas, quien dirige la revista Cambio y es, además de hincha, cercano a Álvaro Uribe Vélez, le vio a éste dotes de culebrero. Y se las otorgó no como una crítica sino como una cualidad, con la que en parte explica el puntaje […]

Hace 4 semanas

Jorge Enrique Robledo

Bogotá, 21 de abril de 2006.

Hace meses, Mauricio Vargas, quien dirige la revista Cambio y es, además de hincha, cercano a Álvaro Uribe Vélez, le vio a éste dotes de culebrero. Y se las otorgó no como una crítica sino como una cualidad, con la que en parte explica el puntaje del Presidente en las encuestas. Desde entonces me dio vueltas en la cabeza contarles a los jóvenes de hoy quiénes fueron los culebreros, si es que de verdad ya desaparecieron de la vida nacional.

 

En mi infancia, me paraba durante horas en los alrededores de la plaza de mercado de Ibagué a oír y ver culebreros que vendían cualquier cosa, generalmente productos para recuperar la salud perdida según explicaban en sus peroratas, en las que mezclaban afirmaciones ciertas con seudocientíficas, dichos populares, descomunales exageraciones y las más descaradas mentiras, todo fríamente calculado para apabullar a su auditorio. Y debo confesar que si no recuerdo haberles comprado algo, seguramente fue porque no tuve con qué, más que porque no me hubieran convencido de las maravillas de sus pócimas, con frecuencia originadas –según decían– en alguna glándula aún no conocida por la ciencia de la culebra cascabel, uno de cuyos ejemplares afirmaban tener, o efectivamente tenían, dentro de una caja que solo se destapaba, si se destapaba, una vez habían vendido todo lo que ofrecían. De esos ofidios reales o imaginarios, a los que solían gritarles ¡“Quieta, Margarita”! cuando decaía la atención del corrillo que los escuchaba, salió el nombre con el que pasaron a la historia estos personajes que de manera clásica pertenecieron (¿o pertenecen?) al precapitalismo colombiano, de donde se heredaron también muchas de las argucias de la politiquería tradicional, entre ellas el clientelismo.

 

Luego, ya de adulto y convertido también en manizaleño, en mis correrías por los pueblos del Antiguo Caldas organizando caficultores volví a encontrarme a los culebreros, como siempre en las cercanías de las galerías (como llaman en la región a las plazas de mercado), hipnotizando con su labia a las gentes sencillas que lograban poner a su alcance. Y aunque no volví a pararme frente a ellos durante tanto tiempo como lo hice de niño, sí les gasté el suficiente para constatar que poco había cambiado, salvo porque si estas veces tampoco les compré no fue porque me faltaran unos cuantos pesos, sino porque había llegado a la certeza de que se trataba de auténticos timadores, así el rebusque con el que se ganaban la vida tuviera de gracioso y representara otra de las muchas facetas de la inteligencia nacional.

 

Para poder concretar el engaño, el culebrero siempre necesitó de un calanchín, es decir, de un ayudante que se mezclaba en el corrillo como un curioso más y quien, al tiempo que impostaba la debida ingenuidad, en el momento indicado daba fe de las palabras del dicharachero, contando cómo algún ser querido suyo había sido rescatado de la garras de la muerte por efecto del prodigioso menjurje que expendía su socio.

 

Como es obvio, la práctica de los culebreros no tuvo nada que ver con la medicina, la química o la farmacia, pues sabían mejor que nadie que sus pócimas no curaban, entre otras razones porque las fabricaban ellos mismos. Como su éxito dependía de la impresión que le causaran a un auditorio al que debían encantar, lo que consideraban importante y a lo que le dedicaban sus mejores esfuerzos era a la capacidad de engaño del discurso, al tono de la voz, a la manera de vestirse y de mirar, a la “honradez” que lograran transmitirles a los engañados, así como a los demás artilugios con los que posaban de diestros en el arte de curar, incluidas en las astucias, por supuesto, las necesarias certificaciones de veracidad que expedían los calanchines. Actores, histriones, fue lo que fueron; y mediocres, la verdad sea dicha, debilidad que corrigieron actuando solo ante aquellas gentes sencillas a las que era más fácil confundir.

 

Estos recuerdos, y las indudables dotes del homenajeado a este respecto, me llevan a concluir que Mauricio Vargas acertó cuando hizo la relación que inspiró este artículo.

 

Coletilla: se defiende el Presidente Uribe: ¿por qué solo hasta ahora la oposición habla de fraude en las elecciones en la Costa hace cuatro años? Porque apenas ahora Rafael García, quien llegó al DAS por ser su partidario, luego de haberle hecho la campaña electoral en el Magdalena, decidió contar cómo hizo la trampa.