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UNIDAD NACIONAL Y RESISTENCIA CIVIL

Para derrotar el TLC   UNIDAD NACIONAL Y RESISTENCIA CIVIL Bogotá, 1 de febrero de 2007. Luego de cuatro años de advertencias de las organizaciones populares colombianas en contra de lo que acordarían los gobiernos de Estados Unidos y Colombia en el Tratado de Libre Comercio (TLC), lo pactado el 27 de febrero de 2006 […]

Hace 6 meses

Para derrotar el TLC

 

UNIDAD NACIONAL Y RESISTENCIA CIVIL

Bogotá, 1 de febrero de 2007.

Luego de cuatro años de advertencias de las organizaciones populares colombianas en contra de lo que acordarían los gobiernos de Estados Unidos y Colombia en el Tratado de Libre Comercio (TLC), lo pactado el 27 de febrero de 2006 confirmó que faltaban a la verdad los funcionarios colombianos que dijeron que “nunca aceptarían un mal acuerdo”. Porque se comprobó que la Casa Blanca tiene un texto de TLC que defiende las conveniencias de sus trasnacionales y que es el que le impone prácticamente igual a cada país de América que se somete a sus designios. Con el agravante de que el gobierno gringo, ante la sumisión de Álvaro Uribe, se arrogó el derecho de empeorarlo en contra de Colombia antes de su ratificación por el Congreso estadounidense, cosa que ya hizo y ha advertido repetirá, porque sus congresistas no ratificarán, sin nuevos cambios o adendas, lo supuestamente acordado hace un año.

 

Si algo se merece todo el repudio es la postura indigna con la que el uribismo tramitó el TLC, proceso en el que cedió, cedió y cedió, hasta la humillación, ante cada exigencia estadounidense. Y para coronar su actitud con el colmo de la desvergüenza, Jorge Humberto Botero, el ministro colombiano que negoció el TLC, salió del gobierno para Washington a trabajar abiertamente a sueldo del Banco Mundial, el pulpo financiero que controlan las trasnacionales y el gobierno de Estados Unidos y que comanda la imposición global del “libre comercio”.

 

Los comprobados e inmensos daños que el TLC le hará a Colombia también explican por qué ni una sola de las organizaciones representativas de los trabajadores, el campesinado, los indígenas, el estudiantado, los intelectuales y el pueblo colombiano le dio respaldo a su trámite y por qué Uribe Vélez lo adelantó consultando solo los puntos de vista de un puñado de magnates, con lo que confirmó que por lo que pugna no es por un país democrático sino plutocrático, es decir, no por uno que refleje los intereses del pueblo sino los del pequeño grupo de monopolistas vinculados al gran capital trasnacional y en particular al de Estados Unidos.

 

Mal conocido:

 

Los hechos también confirmaron que el llamado “libre comercio” –que de libre no tiene nada, porque es el imperio de los monopolios, ¡y de los foráneos!– no empezará en Colombia con el TLC, pues viene aplicándose desde 1990. Entonces, el objetivo del Tratado es hacer irreversibles y llevar hasta el 100% de su aplicación las mismas políticas que tantos perjuicios les han causado a los colombianos. Y como es sabido, en ese período se disparó el desempleo a niveles nunca vistos y se redujeron los ingresos y se les arrebataron sus propiedades a muchos colombianos, a la par que las tarifas de los servicios públicos subieron a niveles escandalosos, se les entregó la salud a los tiburones financieros y se excluyó de la educación pública a millones de colombianos. Y estas desgracias tuvieron como causa el neoliberalismo, la apertura y la privatización, nombres que también se le dan al “libre comercio”, porque el incremento de las importaciones les causó graves daños a la industria y al agro, los monopolios públicos se convirtieron en privados, los derechos ciudadanos pasaron a ser vulgares negocios de unos pocos y avanzó la toma de la economía nacional por el capital extranjero.

 

Arrebata la soberanía:

 

Si el TLC entra en vigencia, su texto, de 1.500 páginas (la Constitución tiene 110), no podrá modificarse ni en una coma sin permiso de Estados Unidos. Y que Colombia lo dé por terminado, aunque posible, será muy difícil, pues habría que vencer las presiones del mayor imperio de la historia de la humanidad y a la oligarquía nativa que se enriquecerá aún más con el Tratado. Este, de otra parte, lo que hace es diseñar cómo debe ser la economía colombiana según las conveniencias de las trasnacionales estadounidenses, y convertir dichas conveniencias en un acuerdo internacional que tiene un rango tan cercano a las normas constitucionales que nada podrá hacerse en Colombia que contradiga sus cláusulas. Por ello, el TLC no constituye un pacto de integración sino uno de anexión de la débil economía nacional por la muy poderosa de Estados Unidos, proceso que irremediablemente tendrá consecuencias políticas porque recolonizará al país, al arrebatarle la soberanía. De ahí que no sea sorprendente que el “libre comercio” conduzca a una situación similar a la que produjo en América el colonialismo español y que, con todo cálculo, le arrebate a Colombia todos y cada uno de los instrumentos que el propio Estados Unidos y las demás potencias usaron para construir sus poderosos capitalismos.

 

Digno de repudio es también que el TLC les otorgue a las trasnacionales estadounidenses que operen en Colombia un sistema de justicia especial –los tribunales de arbitraje– diseñado por ellas y en su beneficio, derecho que desconoce en forma por lo demás flagrante uno de los elementos constitutivos de la soberanía.

 

Peores daños a la producción:

 

Las pérdidas industriales y agropecuarias para Colombia serán tan grandes, que han sido reconocidas hasta por el Departamento Nacional de Planeación y el Banco de la República, instituciones del régimen que calculan que las exportaciones de Estados Unidos a Colombia crecerán el doble que las de Colombia a ese país. Esto sucederá porque la economía gringa es 129 veces más poderosa que la colombiana, el país reducirá sus aranceles cuatro veces más que los norteamericanos y los colombianos perderán toda protección a su aparato productivo, en tanto los estadounidenses mantendrán subsidios anuales por 50 mil millones de dólares para su agro y por 128 mil millones de dólares para los desarrollos científicos y tecnológicos de industria, así como las barreras sanitarias y fitosanitarias con las que impiden que productos agrícolas extranjeros traspasen sus fronteras. Y también se explica la pérdida para Colombia porque vender en Estados Unidos exige derrotar a los poderosos productores de ese país y, además, a los fuertes competidores del resto del mundo que venden en el territorio del Imperio, quienes tienen a su favor que pagan salarios bastante más malos que los que ganan los colombianos.

 

El TLC, además, en la práctica, acaba con la Comunidad Andina (CAN), porque con él Estados Unidos adquiere en la subregión mayores derechos que los que tienen entre ellos Colombia, Perú, Venezuela, Bolivia y Ecuador. Como uno de los efectos negativos de este hecho, ocurrirá una “desviación del comercio” en beneficio de las exportaciones estadounidenses a los países de la CAN y en contra de las ventas entre estos, cambio que lesionará más a Colombia que a nadie, porque el país realiza la mitad de las ventas intraregionales.

 

Ganancia insignificante:

 

También prueba lo perjudicial del TLC que lo que Colombia gana con este es convertir en permanentes los menores aranceles por exportaciones a Estados Unidos que hoy le concede el Atpdea, los cuales apenas llegan a 160 millones de dólares al año, suma que, por pequeña, también explica por qué el 60 por ciento de los colombianos vive en la pobreza. ¡La soberanía y el futuro de Colombia valen para los uribistas miserables 160 millones de dólares!

 

Pero el TLC no lesiona solo al agro y a la industria, y a los empleos e ingresos que estos generan en Colombia, pues sus imposiciones van bastante más allá de los intercambios comerciales.

 

Más enfermedad y más atraso:

 

De acuerdo con los análisis y cálculos de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), el capítulo de propiedad intelectual del TLC encarecerá los medicamentos en Colombia hasta en 900 millones de dólares anuales, porque fortalecerá los monopolios de las trasnacionales y entorpecerá la producción de medicinas genéricas, sobreprecio que causará más enfermedad y más muerte y que se agrava en razón de que el sistema de salud, presa de la privatización propia del “libre comercio”, solo cubre el 60 por ciento de las prescripciones que se les recetan a los colombianos.

 

Y como el monopolio por patentes y similares se ampliará también para el resto de la economía, estas normas, sumadas a la de cero protección por aranceles a las importaciones que impone el TLC, condenan al país a traer del exterior los bienes que exigen producción compleja y a no avanzar en ciencia y tecnología, avance que constituye la base de todo progreso, incluidas las condiciones de vida de los trabajadores del campo y las ciudades. Es esta la explicación última de las medidas que privatizan la educación, pues para el aparato productivo de pacotilla que los neoliberales quieren imponer, es suficiente un sistema educativo de la misma mediocridad.

 

Los gringos se quedarán con todo:

 

El TLC les concede a los ciudadanos de Estados Unidos que inviertan en Colombia cuanta gabela se les ocurrió exigir, de manera que el país no podrá imponerles las condiciones que le convengan al progreso nacional. Estas cláusulas además tienen como objetivo que las principales empresas instaladas en Colombia que no se arruinen pasen a ser propiedad de los estadounidenses, contando entre ellas las que controlen los negocios de exportación e importación.

 

El Tratado también les da trato de inversionistas a los gringos que vengan a Colombia no a invertir en la producción de bienes y servicios sino en la especulación financiera, así con sus maniobras le hagan enormes daños al país. Y en el colmo de la sumisión ante el imperialismo norteamericano, el Tratado le quita al país la cláusula de balanza de pagos que le autorizan tener hasta el FMI y la OMC, por lo que una crisis cambiaria solo se podrá enfrentar aumentando la pobreza y la miseria de los colombianos, mientras los estadounidenses podrán mantener todas sus exportaciones a Colombia y proteger y sacar del país cada centavo de sus inversiones y utilidades.

 

Como otra muestra de lo abyecto del gobierno de Uribe ante la Casa Blanca, el Tratado crea la figura de la expropiación indirecta, la cual les concede más garantías a los gringos que a los colombianos en Colombia, porque ese derecho no existe en la Constitución nacional. Con ella, por ejemplo, ni siquiera podrán ponerse controles a los precios de los bienes y servicios de las trasnacionales estadounidenses instaladas en el país, so pena de que el Estado colombiano tenga que pagarles enormes indemnizaciones. Y dicha ventaja, leonina en extremo, tiene también el propósito oculto de hacer prácticamente imposible darle reversa a las privatizaciones y a la toma por parte de las trasnacionales de los recursos del subsuelo del país.

 

Daños ambientales y laborales:

 

El TLC, además, sacrifica los intereses nacionales sobre la biodiversidad del país, una de las más ricas del mundo, porque legaliza la biopiratería de las trasnacionales gringas y desconoce los derechos de las comunidades indígenas. Y en el colmo del descaro, autoriza que se deterioren las normas ambientales colombianas para bajar los costos y así, mediante esa lógica perversa, mejorar la capacidad de exportar y de atraer inversionistas de Estados Unidos. Asimismo, da permiso para envilecer aún más las condiciones laborales de Colombia con el propósito de conseguir negocios, cláusula que confirma que la globalización neoliberal consiste en unir los capitales de las trasnacionales con la mano de obra barata, muy barata, de los países atrasados de la tierra. Y los gringos podrán venir a Colombia sin sacar visa siquiera, en tanto se mantienen las trabas para que los colombianos vayan a Estados Unidos, incluso de turismo

 

El TLC puede ser derrotado:

 

La propaganda uribista dice que el TLC es un hecho. Pero esa afirmación constituye una falsedad, pues en su trámite todavía faltan las decisiones del Congreso y de la Corte Constitucional. Lo que sí es bien probable es que estos lo aprueben si deciden sin la vigilancia de la nación. Luego a los auténticos demócratas nos corresponde propiciar la mayor unidad nacional contra el TLC que pueda concebirse y, a la par, movilizar a millones de colombianos en defensa de la soberanía, el trabajo y la producción.

 

¡Que en cada rincón de Colombia se empiecen a preparar desde ya las movilizaciones necesarias para hundir el TLC!