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REELECCION, POLITIQUERÍA, TLC Y AUTORITARISMO

Jorge Enrique Robledo Castillo Bogotá, 3 de junio de 2004. Veintidós senadores que el año pasado votaron en contra de la reelección inmediata del Presidente Uribe Vélez acaban de votarla a su favor. ¿Por qué estas volteretas que pudieron desnucar a más de uno? Los uribistas del primer círculo palaciego dirán que en ese lapso […]

Hace 6 meses

Jorge Enrique Robledo Castillo

Bogotá, 3 de junio de 2004.

Veintidós senadores que el año pasado votaron en contra de la reelección inmediata del Presidente Uribe Vélez acaban de votarla a su favor. ¿Por qué estas volteretas que pudieron desnucar a más de uno? Los uribistas del primer círculo palaciego dirán que en ese lapso lograron comprender que sí estaban ante el Mesías esperado en Colombia desde 1819.

 

En la comprensión del fenómeno ante el cual se inclinaron quienes votaron afirmativamente para nada contó el reparto de cargos en el servicio diplomático y en la administración pública, explicará Mario (¿Moreno?), el personaje imaginario que dialoga en El Tiempo con esa quintaesencia de la ponderación y la veracidad que es el Hombre de Invercolsa (según lo confirmó en su comentario sobre los sucesos de Cartagena). Porque como ya lo explicó el propio Uribe Vélez, todos los puestos se distribuyeron de acuerdo con los altísimos méritos que distinguen a cada uno de los agraciados del resto de los 44 millones de colombianos, por lo que si resultaron ser hermanos, hijos, padres, sobrinos o simples conmilitones de los congresistas, ello no pasa de ser una de esas casualidades que depara el azar. ¿Y quién podrá poner en duda que en la decisión del Partido Conservador de respaldar la reelección pudo haber algo más que “los altos intereses de la Patria y el espíritu de sacrificio que inspira a sus actuales adalides”, como dirá Doña Noemí en los cocteles en los que ella y los demás uribistas de alto coturno compiten entre sí por cómo sacrificarse más por el país?

 

Lo nuevo en Colombia no es, por supuesto, el empleo del botín burocrático para conformar las mayorías que se requieren en el Congreso a la hora de aprobar cada iniciativa presidencial, según nadie lo puso en duda, entre otras, en las administraciones de Gaviria, Samper y Pastrana. Lo novedoso de los últimos días es que, ante el escándalo suscitado por los procedimientos para conseguir voto por voto, no pudo ocultarse más lo que ya era una realidad desde la propia posesión de Uribe Vélez: que a este respecto es igual o peor que sus antecesores, con quienes sólo se diferencia porque se atrevió a cubrirse con la bandera de la lucha contra la politiquería, cantaleta que de tanto repetir en los medios de comunicación logró presentar como si fuera verdad.

 

Quien quiera seguir siendo uribista, que lo sea, pero que no lo haga en nombre de la lucha contra el clientelismo porque queda como un vivo que intenta tratar a los colombianos como bobos o queda él mismo como un despistado.

 

***

 

Peores que la decisión presidencial de impedir que nos expresáramos en Cartagena quienes con muchas razones nos oponemos a que Colombia firme un acuerdo de “libre comercio” con Estados Unidos, fueron las declaraciones oficiales. En el discurso ante los delegados, Uribe Vélez afirmó que “con los Estados Unidos hemos tenido una alianza por la democracia y contra sus enemigos de cada coyuntura, ahora contra el terrorismo. Este tratado debe ayudarnos a eliminar el terror de los violentos”. ¿Qué tal? Con esa lógica, antes no fue mayor la represión en contra de una marcha que se desarrollaba de manera pacífica y al amparo del Artículo 37 de la Constitución Política de Colombia.

 

Haciéndole el coro al tono de su superior, el mindefensa trató de “cavernícolas” a quienes opinan en contra del TLC y recurrió a la irresponsable infamia de insinuar vínculos entre quienes organizamos la movilización en Cartagena y las agrupaciones alzadas en armas, a la vez que dejó sentir su lamento por no estar en vigencia el estatuto antiterrorista.

 

En este ambiente de mano dura en contra de los opositores al TLC cuenta que son cada vez más los colombianos que le temen a la profundización de la apertura gavirista o que han decidido oponerse a ella, como es fácil constatarlo en todos los sectores de opinión. Y eso que todavía los partidarios de profundizar el neoliberalismo actúan con la ventaja de argüir que el Tratado “puede negociarse bien”. ¿Qué pasará una vez lo que firmen liquide hasta la última ilusión? ¿Se atreverá Álvaro Uribe Vélez a someter el TLC a un referendo, no obstante la ventajas que le otorga su condición?