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QUE SE OIGAN OTRAS VOCES

Jorge Enrique Robledo Castillo Contra la Corriente Manizales, 21 de octubre de 1996. La decisión de pagar catorce mil pesos de la carga de café con un papel que renta el veinte por ciento anual y que tiene un período de maduración de tres años, significa una disminución del precio interno de compra del grano. […]

Hace 6 meses

Jorge Enrique Robledo Castillo

Contra la Corriente

Manizales, 21 de octubre de 1996.

La decisión de pagar catorce mil pesos de la carga de café con un papel que renta el veinte por ciento anual y que tiene un período de maduración de tres años, significa una disminución del precio interno de compra del grano. Porque si el famoso TAC se guarda, cuestión bien difícil para unos caficultores empobrecidos, la tasa de interés ni siquiera paga la inflación; y si se vende, obviamente habrá que hacerlo por menos de su valor nominal. Serán otra vez los intermediarios comerciales y financieros los que harán su agosto aprovechándose de los afanes de los productores, quienes, en casi todos los casos, terminarán vendiendo sus títulos incluso por debajo de su valor real, presionados por su situación y hasta por las dificultades que significa calcular cuánto valen de verdad esos papeles. La dolorosa experiencia ya vivida hace innecesario entrar en mayores demostraciones.

 

Pero las medidas recientemente tomadas tienen más tela de donde cortar con respecto a las finanzas de los caficultores. Esos títulos representan también un préstamo de los cafeteros al Fondo Nacional del Café, es decir, a ellos mismos, quienes serán los que tendrán que pagarlo treinta y seis meses después. Y a esa suma habrá que agregarle los cien millones dólares de deuda externa que el gobierno le autorizó adquirir en el exterior al Fondo el mismo día de la decisión del TAC, según se dijo para medio cuadrar sus finanzas. En conclusión, las medidas anteriores significaron una disminución inmediata del precio y, además, una rebaja futura, bien sea que ésta se aplique de manera abierta o velada.

 

Estos hechos, más los padecimientos de casi todos los productores, son más campanadas de alerta que indican que la caficultura continúa por la senda de la ruina y que la política oficial apunta a que la crisis se atienda únicamente con los malabarismos financieros que pueda hacer internamente el sector. A pesar de que está precisamente establecido que la política neoliberal es en muy buena medida responsable de lo que ocurre, a la administración Samper le parece que ayuda mucho a los cafeteros autorizándoles endeudamientos para sostener un precio interno insuficiente y recomendándoles que aumenten su productividad a un ritmo que cualquiera sabe imposible de conseguir. Entre tanto, como ocurrió con las deudas de menos de tres millones de pesos y como ocurre con las de más de esa suma, el tiempo corre contra unos productores en muchos casos agonizantes. Y eso que el gobierno sabe que estamos bajo el alero de la helada del Brasil de hace dos años y que el futuro puede ser tremendamente peor si, como se teme, los precios externos descienden por debajo de sus niveles actuales.

 

A pesar del espanto de lo que se ve venir, en las regiones productoras de han escuchado voces que con mucho de simplismo recetan alguna genialidad que sustituya la importancia de la caficultura. Pero lo que más se ha oído es el silencio de muchos que por su posición económica, gremial o política podrían estar un jugando un papel clave en el reclamo ante el gobierno de medidas que atiendan con seriedad los asuntos del café, el producto que ha sido, y es, la base de la economía regional, según demuestran las estadísticas. En 1996, en el caso de Caldas, el café determina los niveles de consumo de 37 mil propietarios y de 61 mil jornaleros permanentes, si a los segundos los suponemos con salario mínimo y todas sus prestaciones de ley; además, la producción cafetera departamental exige inversiones diferentes a mano de obra por 65 mil millones de pesos. A Manizales y a sus municipios vecinos el grano les aporta una cosecha que cuesta cerca de 90 mil millones de pesos. Ante estas cifras, ¿con qué se reemplazará en el corto plazo lo que aportan los cafetales? ¿Con pitayas y cardamomos? ¿Con industria, en esta época de apertura?

 

Ante la ruina que padece y que se cierne sobre la caficultura sería un error gravísimo sentarse a deshojar ilusiones sobre productos u obras de infraestructura que sustituyan en el corto plazo la importancia del café en las zonas donde es fundamental en la economía. La caficultura y sus regiones requieren cuanto antes de un plan de salvamento que no puede realizarse sin la presencia decisiva de las políticas y los recursos del gobierno nacional. De ahí que, ante la indiferencia y las inconvenientes orientaciones oficiales, también sea urgente unificar el reclamo. Que además de los cafeteros, reclamen los gobernadores, alcaldes, parlamentarios, diputados, concejales y agremiaciones de diverso orden, porque, en últimas, la suerte de todos ha dependido, y aún depende, en buena medida de lo que les ocurra a los cafeteros.

 

Coletilla: Con razón hasta los más puros neoliberales intentan evitar ese calificativo. Según el Banco Mundial, el 20 por ciento de los habitantes del planeta sobrevive con menos de un dólar diario; y otro 60 por ciento sobrevive con entre uno y dos dólares por día. Y los del más bajo nivel aumentan a razón de 47 personas por minuto.