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Jorge Enrique Robledo Castillo Contra la Corriente Manizales, 30 de mayo de 1999. Cuando, en febrero de 1990, el gobierno de Virgilio Barco se sometió a las orientaciones del Banco Mundial para abrir de una vez por todas la economía nacional, en favor de esta decisión empezó una de las mayores campañas publicitarias que se […]

Hace 6 meses

Jorge Enrique Robledo Castillo

Contra la Corriente

Manizales, 30 de mayo de 1999.

Cuando, en febrero de 1990, el gobierno de Virgilio Barco se sometió a las orientaciones del Banco Mundial para abrir de una vez por todas la economía nacional, en favor de esta decisión empezó una de las mayores campañas publicitarias que se hayan realizado en Colombia. Ay de aquél que no celebrara la genialidad y no compitiera por ver quien recitaba mejor los lugares comunes de la receta neoliberal. Luego, una vez Gaviria se posesionó, y se aumentó la estridencia de la campaña y se reforzó con puestos y contratos el doctrinarismo en marcha, hasta hubo volteretas ideológicas tan notables que si no produjeron académicos desnucados fue porque aterrizaron en las mullidas alfombras oficiales. Para alinear a los escépticos también se usaron los “argumentos de autoridad” de algunos de los protagonistas, las sindicaciones de “dinosaurios” y sobre todo las advertencias abiertas o veladas acerca de que insistir en las dudas conduciría a quedarse sin los favores del príncipe y de sus mandamases.

 

Otros pocos, bien pocos, oímos a los que de verdad sabían, releímos los textos que tenían que ver con el tema, investigamos lo que había ocurrido en los países donde se había aplicado primero el modelo, hicimos nuestros análisis y concluimos que se llevaba la nación al matadero. En la primera línea de la oposición estuvieron intelectuales tan valiosos como Jorge Child y Eduardo Sarmiento Palacio. Y también llamaron la atención contra el engendro personalidades como Abdón Espinosa Valderrama, Darío Múnera Arango, Jaime Carvajal Sinisterra y Fabio Echeverri Correa.

 

En la soledad de esos días, solo quedó esperar que la experiencia confirmara o negara las teorías de las partes enfrentadas, espera que se hizo con la tranquilidad de conciencia que otorgara el haber hecho el esfuerzo por impedir oportunamente la emboscada.

 

Hoy, nueve años después, los hechos dieron su veredicto: el agro corre el riesgo de desaparecer, la crisis industrial podría terminar siendo peor que la del campo y son muy dolorosas las consecuencias para las capas medias y el pueblo. Inclusive, al desastre han sido arrastrados muchos que habían amasado fortunas de cierta importancia y la crisis es tanta que hasta sufren y naufragarán algunos de los encopetados nacionales que fueron inicialmente beneficiados por el modelo. Ya nadie puede decir que la teoría neoliberal conduce a la prosperidad de la nación.

 

Pero los aperturistas, lejos de reconocer que se equivocaron, pretenden imponer la idea de que “no hay nada fundamental que corregir” y que ellos poseen el derecho inapelable de seguir llevando a Colombia hacia el abismo. Para la muestra dos botones de los últimos días: el gobierno nacional confirmó que las importaciones de arroz provenientes del Ecuador no serán de 76.000 toneladas sino de 150.000 y que, además, se disminuirán, todavía más, los aranceles para el maíz importado, a pesar de que las importaciones de ese cereal pasaron de 17.000 a 1.700.000 toneladas, en lo que va de apertura. Todo indica que Alvaro Uribe Calad, Director de Corpoica, no opinó por su cuenta cuando dijo: “nos parece que seguir sembrando maíz, cebada y otros cereales es desperdiciar el esfuerzo y la inversión porque en ese campo no somos competitivos” (El Espectador, 17 de agosto de 1999). Y tampoco sería extraño que se cumpliera la casi increíble advertencia de Luis Prieto Ocampo: “el Brasil está empeñado en exportar a Colombia cantidades importantes de su café, donde sería ofrecido casi a mitad de precio” (El Espectador, 26 de julio de 1998).

 

De ahí la importancia de trabajar en la unidad de la cada vez mayor corriente social que exige la profunda revisión del modelo económico que ahoga al país; y de ahí la necesidad de encontrar mecanismos que lleven a la protección del trabajo nacional, única política capaz impedir la africanización de Colombia.