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TLC VS CAN: PEOR PARA COLOMBIA

Jorge Enrique Robledo Bogotá, 7 de abril de 2006. Cuando se supo que Bolivia –¡la empobrecida Bolivia!– perderá 180 millones de dólares en exportaciones de soya a Colombia, porque las reemplazarán por las que se cultivan en Estados Unidos bajo subsidio, pensé en el refrán que dice: cuando veas las barbas de tu vecino pelar, […]

Hace 4 semanas

Jorge Enrique Robledo

Bogotá, 7 de abril de 2006.

Cuando se supo que Bolivia –¡la empobrecida Bolivia!– perderá 180 millones de dólares en exportaciones de soya a Colombia, porque las reemplazarán por las que se cultivan en Estados Unidos bajo subsidio, pensé en el refrán que dice: cuando veas las barbas de tu vecino pelar, pon las tuyas a remojar. Y vino a mi mente el dicho porque así, de un ramalazo, se confirmó nuestra advertencia acerca de que si hay TLC, la Comunidad Andina (CAN) saltará en pedazos, verdad que la tecnocracia neoliberal ocultó durante la negociación del Tratado.

 

El fin práctico de la CAN ya lo había anunciado incluso uno de los íconos del uribismo. En El Tiempo del 16 de diciembre de 1999, Hernán Echavarría Olózaga, luego de lamentarse por los criterios ventajistas con los que Estados Unidos y Europa organizaban la globalización neoliberal, concluyó: “Las cosas no eran tan graves cuando los países del Grupo Andino creíamos que un mercado común era posible. Al menos íbamos a tener un going concerns (mercado y fuerzas productivas propias) de algún tamaño que se podía defender, hasta cierto punto. Pero ahora que la idea de un mercado común con nuestros vecinos tiende a desaparecer, nuestro futuro se ve incierto”. Y aunque Echavarría exageró las posibilidades de la CAN, pues al fin y al cabo esta se constituyó para mejorarles las condiciones a las transnacionales del Imperio, también es verdad que con ella, y bajo las facilidades de la vecindad, se desarrollaron otras relaciones.

 

Advertir con más detalles los efectos del TLC no exigía dotes de adivino ni arriesgarse con una difícil predicción. Bastaba con saber, como lo sabían el Presidente-candidato y sus voceros, que disminuir hasta llevar a cero los aranceles entre los signatarios del TLC le otorga a Estados Unidos las ventajas que tienen entre ellos los países que hacen parte de la CAN, generándose una “desviación del comercio”, que no es otra cosa que la toma por parte de las transnacionales localizadas en Estados Unidos de una parte considerable de las exportaciones que hoy se hacen entre sí los países andinos.

 

El propio Banco Interamericano de Desarrollo (BID), en estudio para la Comunidad Andina sobre el impacto del TLC (2004), advirtió que este amenaza en grado alto el 40,8 por ciento del comercio intrarregional, en grado mediano el 23,2 por ciento y en grado bajo el 19,9 por ciento, lo que significa que en el corto y mediano plazo, y si se convierten en pérdida todos los niveles de amenaza, la disminución llegará al 84 por ciento del total, con un costo de 5.600 millones de dólares al 2005 (www.comunidadandina.org). Y la peor parte la llevará Colombia, por la simple razón de que esta exporta la mitad de lo que se venden entre sí los países de la CAN. Las pérdidas tendrían un agravante que también ha sido cuidadosamente velado: serían, en especial, de manufacturas, porque el 83 por ciento de las exportaciones de Colombia a la CAN son bienes procesados, en tanto, así también se oculte, el 82 por ciento de las exportaciones colombianas a Estados Unidos son materias primas, tendencia que debe empeorarse con la concepción colonialista del TLC. Y Venezuela también perderá en grande, aunque, como Bolivia, tampoco sea signataria del Tratado.

 

Con las pérdidas que inevitablemente tendrán los países andinos por culpa del TLC ocurrirán dos situaciones. A los pequeños y medianos productores les llegará en general la ruina, pues estos, presos de sus enormes limitaciones, no tendrán escapatoria, así quien en Colombia dice representarlos insista en tratarlos como idiotas afirmando que “las pymes serán ganadoras netas con el TLC”. Entre los grandes, en particular transnacionales, se repetirá la experiencia de los “empresarios hermafroditas”, como llamó el ex minhacienda Rodrigo Llorente a quienes con la apertura de César Gaviria se convirtieron en importadores de las mismas mercancías que les quebraban sus factorías, saltando de industriales a intermediarios. Ya el mincomercio Jorge Humberto Botero explicó que con el TLC se crearán las export trading company, en las cuales, por ejemplo, algunos productores colombianos de pollo, asociados con exportadores gringos, podrán ganarse como importadores de cuartos traseros, y para empezar, entre cinco y doce millones de dólares anuales (El Catolicismo, 4 al 17 de abril de 2006). ¿Y qué les sucederá a los miles y miles de habitantes de la región que no podrán separar su suerte de la de sus naciones para atarla a la de los monopolistas extranjeros?