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PLAN COLOMBIA Y SEGURIDAD ALIMENTARIA

Jorge Enrique Robledo Castillo Contra la Corriente Manizales, 20 de septiembre de 2001. Pocos conocen los detalles del llamado Plan Colombia. Los comentarios se han centrado en cuánto gasto militar (74 por ciento) y en cuánto “gasto social” (26 por ciento) se financiará con los 860 millones de dólares que pone Estados Unidos o, como […]

Hace 6 meses

Jorge Enrique Robledo Castillo

Contra la Corriente

Manizales, 20 de septiembre de 2001.

Pocos conocen los detalles del llamado Plan Colombia. Los comentarios se han centrado en cuánto gasto militar (74 por ciento) y en cuánto “gasto social” (26 por ciento) se financiará con los 860 millones de dólares que pone Estados Unidos o, como dijera la canciller de ese país, Madelaine Albrigth, en qué proporciones se repartirá la zanahoria y el garrote. Pero el Plan no determina solamente el aumento de la injerencia militar estadounidense en los asuntos internos del país. Además define cómo se gastarán cuatro mil setecientos millones de dólares del presupuesto nacional y señala el norte de toda la economía colombiana en los próximos años.

 

Al respecto del agro, el Plan Colombia señala: “En los últimos diez años, Colombia ha abierto su economía, tradicionalmente cerrada… el sector agropecuario ha sufrido graves impactos ya que la producción de algunos cereales tales como el trigo, el maíz, la cebada, y otros productos básicos como soya, algodón y sorgo han resultado poco competitivos en los mercados internacionales. Como resultado de ello —agrega— se han perdido 700 mil hectáreas de producción agrícola frente al aumento de importaciones durante los años 90, y esto a su vez ha sido un golpe dramático al empleo en las áreas rurales”. Y concluye: “La modernización esperada de la agricultura en Colombia ha progresado en forma muy lenta, ya que los cultivos permanentes en los cuales Colombia es competitiva como país tropical, requieren de inversiones y créditos sustanciales puesto que son de rendimiento tardío”. Nada más, pero tampoco nada menos.

 

Es evidente que el Plan Colombia ni siquiera hace demagogia sobre recuperar las 700 mil hectáreas de cultivos perdidas o sobre preservar la producción cerealera sobreviviente. Y queda claro que lo pactado somete al país a especializarse en los cultivos tropicales, especies que por causa del clima no pueden producirse en las zonas templadas de la tierra. Lo leonino del compromiso salta a la vista: los gringos “renuncian” a producir lo que no pueden cultivar y los colombianos aceptamos no sembrar buena parte de lo que sí podemos cosechar.

 

La eliminación de los cultivos de cereales que establece el Plan Colombia, quiere decir que el país perderá del todo su seguridad alimentaria, con lo que puede ser sometido a una hambruna por las naciones que se queden con el monopolio de la producción y comercialización de comida en el mundo. El abandono de los cultivos que no pueden competir con los enormes subsidios estatales de los países desarrollados además significa que desaparecerán los sectores más tecnificados de la agricultura colombiana. Y con éstos también desaparecerán los avances económicos y sociales que se dieron en algunas regiones en torno a esos productos, con lo que se empuja al conjunto de la nación hacia un atraso peor que el que ha padecido.

 

Especializar el país en cultivos tropicales es pernicioso por otras varias razones, como corresponde con la naturaleza colonial de esa especialización. En la medida en que todas las naciones localizadas en el trópico sean sometidas a producir lo mismo, la natural tendencia de esos cultivos a super producirse y a los bajos precios se acentuará, con esta tendencia agravada por la acción de las transnacionales, según lo muestra el caso del café. Y como casi todos los productos tropicales no hacen parte de la dieta básica de los pueblos, sus precios podrían bajar hasta la insignificancia si los graves problemas de la economía mundial se convierten en una crisis como la que se iniciara en 1929. Dedicarse a lo que no puedan producir los países desarrollados también significa que se convertirán en rastrojos millones de hectáreas que de ninguna manera podrán pasarse a cultivos tropicales, sobre todo si con el ALCA también se pierde la producción de leche. Y que los cultivos tropicales sean de muy difícil o imposible mecanización implica que los de los colombianos solo podrán competir en el mercado mundial si son capaces de funcionar con jornaleros y campesinos tan miserables como los que viven en los países más atrasados de la tierra.