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NO A LAS IMPORTACIONES DE CAFÉ

Jorge Enrique Robledo Castillo Contra la Corriente Abril del 2000. Como cualquier situación por mala que sea puede empeorarse incluso hasta el absurdo, el presidente de la república ya anunció importaciones de café. Y no de unos cuantos sacos y por una sola vez; se dice que serán entre uno y dos millones y de […]

Hace 1 mes

Jorge Enrique Robledo Castillo

Contra la Corriente

Abril del 2000.

Como cualquier situación por mala que sea puede empeorarse incluso hasta el absurdo, el presidente de la república ya anunció importaciones de café. Y no de unos cuantos sacos y por una sola vez; se dice que serán entre uno y dos millones y de este año en adelante. Para agravar el asunto, la cúpula de la Federación Nacional de Cafeteros, la muy bien paga burocracia supuestamente encargada de defender la producción nacional, ha iniciado una campaña de propaganda tendiente a convencer a los productores y a los colombianos de que “la importación de café defiende la caficultura”. En ella se señala que “la calidad del café colombiano es, paradójicamente, la causa del déficit” y que “aumentar la producción no es la solución”. Además, concluye: “la importación de café no atenta contra el trabajo ni contra la producción nacional” (La Patria, 2 de abril del 2000). ¡Ver para creer!

 

Su razonamiento dice que como la cosecha nacional no alcanza para atender lo que se puede exportar y el consumo interno, pues la “solución” es importar el café que requieren la industrias torrefactoras que operan en el país. Y que los problemas de la producción no deben resolverse porque como el grano colombiano es más caro que las pasillas de otros países, pues la “solución” también consiste en traer el café, ahora y en el futuro, del extranjero.

 

Pero lo primero que tienen que explicar el gobierno nacional y los responsables de la política cafetera es por qué, luego de 130 años, la cosecha nacional de café es menor que la suma de lo que puede exportarse más el consumo interno, con esta realidad agravada porque en el último lustro Colombia también se gastó casi todos los cerca de siete millones de sacos de café que había en bodegas, demostrando que el déficit no empezó ayer. Y que no salgan con el cuento de que todo se debe al clima, porque este no es el primer invierno fuerte en siglo y medio. Si se mira la estadística de la producción nacional del grano, queda claro que ésta viene cayendo desde 1992, hasta reducirse en los dos últimos años en cerca del 40 por ciento.

 

La cosecha nacional cafetera ha disminuido porque se han tumbado cafetales, porque los envejecidos no se han renovado al ritmo necesario y porque los abonamientos y demás cuidados agronómicos se han reducido, todo como efecto de diez años en los que los bajos precios de compra internos no han compensado los altos costos de producción. Y las causas últimas del desastre, todas imputables a la apertura y la privatización, también se conocen. El rompimiento del Pacto del Café les entregó a las transnacionales la libertad de manipular a la baja las cotizaciones externas, la política cambiaria neoliberal les redujo los ingresos a quienes producen para la exportación y disparó hasta el escándalo las tasas de interés, a las gentes del agro no les prestan en los bancos, los monopolios de agroquímicos suben sus precios a su antojo y los impuestos y las tarifas se elevan sin cesar. También ha contado que los cafeteros siguen pagando un impuesto de cerca de cien mil millones de pesos anuales que solo se les cobra a ellos y que sus ahorros ha sido la caja menor de todos los gobiernos; por ejemplo, entre 1998 y 1999 la administración Pastrana le sacó 300 mil millones de pesos al Fondo Nacional del Café, para enjugar la crisis del sector financiero.

 

Y el gobierno nacional y la Federación, en vez de corregir sus malas orientaciones y aprobar una gran campaña de respaldo a los cafeteros para sacarlos de su peor crisis y recuperar la producción, les quieren seguir aplicando el “sálvese el que pueda” que los ha arruinado, en tanto defienden como una genialidad la importación indefinida de café, apelando al condenable argumento de que resulta más barato el importado que el producido en el país. Con esa política se pasaron las importaciones de productos agropecuarios de 700 mil a siete millones de toneladas, y eso, más la misma desprotección de la industria, arrasó con el ahorro de los colombianos y sumió al país en el desempleo y en la hambruna. En el territorio nacional, importar café solo le sirve a los intermediarios y a las grandes empresas que tuestan y muelen el grano en el país, en razón de que los primeros harían su agosto y las segundas no comprarían su materia prima a un dólar sino a 30 o 50 centavos. Si algo ya está comprobado hasta la saciedad en Colombia es el rotundo fracaso neoliberal de sustituir el trabajo nacional por el extranjero, como también se pretende en este caso. Lo que necesitan los caficultores, y todo el sector agropecuario, es un gran respaldo estatal para producir. Y si ese respaldo debe incluir que los colombianos tengamos que comprar más caro el café, la panela, el arroz y toda la producción nacional, pues con gusto los compraremos, porque a la vista está que lo barato le termina saliendo carísimo a la nación.

 

Se debe estar revolcando en su tumba Don Manuel Mejía. Luego de 73 años, la política agropecuaria que el Fondo Monetario Internacional (FMI) le dicta al gobierno pasó a la Federación de Cafeteros de promotora de la producción del mejor café suave del mundo, a promotora de importaciones de pasillas extranjeras.

 

Abril del 2000.