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¿LOS PATRIOTAS FUERON UNOS IDIOTAS?

Jorge Enrique Robledo Bogotá, 9 de julio de 2010. El 20 de julio se conmemoran 200 años del Grito de Independencia. Pero muchos ignoran qué es lo que exactamente se celebra y por qué es tan importante. ¿Independencia de  quién y, sobre todo, de qué realidades? ¿Qué tenía de malo no ser independiente? Cuando hacen […]

Hace 5 meses

Jorge Enrique Robledo

Bogotá, 9 de julio de 2010.

El 20 de julio se conmemoran 200 años del Grito de Independencia. Pero muchos ignoran qué es lo que exactamente se celebra y por qué es tan importante. ¿Independencia de  quién y, sobre todo, de qué realidades? ¿Qué tenía de malo no ser independiente? Cuando hacen carrera tantas majaderías sobre las actuales relaciones de Colombia con el mundo, ¿no habrá quien diga –en privado, claro– que fue un error la Independencia? ¿No hubo  chapetones que afirmaran que los patriotas eran unos idiotas que estaban por aislar a la Nueva Granada del mundo?

 

La Independencia consistió en romper las cadenas que sometían a Colombia y a mucho del continente americano al colonialismo español. ¿Colonialismo español? Así se llaman las condiciones que los ejércitos de los reyes de España, a sangre y fuego, impusieron en  América, para expoliarla. La feroz opresión política de los pueblos americanos, excluidos por completo de las decisiones gubernamentales, no fue un fin sino un medio: el objetivo era trasladarle a la Corona cada gota de sudor de los subyugados y cada gramo de sus riquezas naturales. Expresiones como “el suave yugo de su majestad”, con las que se justificaron hasta las peores barbaridades, fueron parte de la demagogia que también se usó para mantener sumisos a los oprimidos.

 

El imperio español y sus emperadores –como se llamaban a sí mismos porque sus atrocidades las lucían descaro– no limitaron la explotación al saqueo de los minerales preciosos de América. También les impusieron a esos pueblos que importaran de  Europa, a través del monopolio de la Corona española y a precios exorbitantes, los bienes industriales que requerían. Y la tiranía impuso una condición económica todavía más gravosa: como era clave mantener a los virreinatos en el mayor atraso productivo, prohibió construir industrias en América, y las tropas del Rey encarcelaban a quienes se atrevieran a desafiar esas órdenes.

 

Además de España, también se reconocieron pública y formalmente como imperios, porque se arrogaban el derecho a invadir a otros países, la Gran Bretaña, Francia, Italia, Japón y Portugal, entre otros. Tan abiertas eran las guerras de rapiña, que las tropas coloniales desfilaban por las calles de las capitales de los imperios  cuando partían hacia a otras tierras a matar y saquear.

 

Hoy, ninguna potencia se define a sí misma como imperio y ningún jefe de Estado se llama emperador. Desde hace décadas, la ONU condena el  colonialismo y nadie, por lo menos públicamente, se atreve a  defenderlo. Ni siquiera Estados Unidos y las otras potencias, que  mantienen como colonias a Palestina, Irak y Afganistán, reconocen que esas son relaciones coloniales. El avance democrático del mundo ya no tolera ciertas desvergüenzas.

 

Pero también es cierto que, como norma, las relaciones de dominación de las potencias sobre otros países se mantienen, así no los ocupen militarmente. Los especialistas dicen que se pasó del colonialismo al neocolonialismo, es decir, de la relación de dominación abierta y total, con control militar incluido, a la relación en la que el país sojuzgado es aparentemente soberano y libre para decidir, pero en  realidad está preso de una telaraña económica y diplomática que le arrebata su derecho a autodeterminarse. Y los hechos muestran que los actuales imperios, aunque prefieren la dominación “pacífica”, no descartan la violencia y la guerra para imponer sus designios.

 

Henry Kissinger dijo que, “en realidad, la globalización es otro nombre para el papel dominante de Estados Unidos”. Y si se mira la economía colombiana, controlada por los extranjeros y especializada en la producción de materias primas agrícolas y mineras, se recuerda la Corona española. Incluso por un detalle de gran importancia: ninguna norma neoliberal prohíbe que en Colombia se produzcan ciertos bienes industriales y agrarios. Pero quien se atreva a hacerlo, se arruina inexorablemente. Porque las condiciones del libre comercio pueden ser igual o más coercitivas que las tropas del rey de España.

 

El debate actual se parece al de hace 200 años. El punto no es si Colombia se relaciona o no con el mundo, sino cómo. Y la peor manera de hacerlo es bajo el gobierno de quienes no saben nada o saben “tanto” que entregan la soberanía que nos legaron los patriotas.