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LA TOMA DEFINITIVA DE LA ECONOMÍA NACIONAL

Jorge Enrique Robledo Castillo Bogotá, 12 de agosto de 2005.   La reciente venta de Bavaria a la multinacional cervecera SABMiller, del grupo Altria, el mismo que controla a Phillip Morris, que hace poco también compró a Coltabaco por un valor equivalente al 8 por ciento del PIB colombiano, permite deducir en qué consiste el […]

Hace 1 mes

Jorge Enrique Robledo Castillo

Bogotá, 12 de agosto de 2005.

 

La reciente venta de Bavaria a la multinacional cervecera SABMiller, del grupo Altria, el mismo que controla a Phillip Morris, que hace poco también compró a Coltabaco por un valor equivalente al 8 por ciento del PIB colombiano, permite deducir en qué consiste el “libre comercio” en el caso de Colombia y muestra quiénes son “los ganadores” y “los perdedores” en el proyecto de la globalización neoliberal.

 

Dicha compra pone de manifiesto una de las dos tácticas por medio de las cuales las multinacionales se toman el mercado interno y las riquezas naturales de Colombia. Se trata, en este caso, de la adquisición de grandes empresas industriales maduras, sin hacer nuevas inversiones que creen nueva riqueza, mediante un simple traslado de propiedad. El objetivo es hacerse al mercado ya conquistado, es decir, a consumidores cautivos y a redes de distribución ya consolidadas, reduciendo a prácticamente nada el riesgo que se supone es inherente a la inversión en el capitalismo. Son además empresas beneficiadas por el gobierno con gabelas tributarias y económicas, diseñadas para valorizarlas y aumentar las ganancias y dividendos una vez trasladada la propiedad a los extranjeros. Por ejemplo, ¿en cuánto se valorizan las empresas por cuenta de la eliminación del impuesto a las remesas que hoy pagan las transnacionales cuando exportan las utilidades que logran en el país y en cuánto por las garantías otorgadas por la reciente ley de garantías a los inversionistas? Se confirma así una verdad sabida: los capitales foráneos vienen a países como Colombia solo si les ofrecen tasas de ganancias superiores a las que podrían obtener en sus lugares de origen, los cuales también logran cuando se les aseguran salarios bajos, pero muy bajos, pues hay que competir con los minúsculos de otras latitudes.

 

La otra forma como las multinacionales se toman el mercado interno de Colombia consiste en eliminar las restricciones arancelarias, administrativas o de cualquier tipo a las importaciones, lo que implica desplazar de la producción, al arruinarla, a las empresas del capitalismo nacional, y en especial a las no monopolistas. Las cifras son elocuentes. En los gobiernos de Barco y Gaviria el arancel promedio a las importaciones se redujo del 83 al 7 por ciento, la mayor entre las desgravaciones efectuadas en los países latinoamericanos donde se introdujeron las reformas neoliberales, como lo explicara el ex Ministro de Hacienda, Édgar Gutiérrez Castro[1]. Y también se sabe que en el desplazamiento del trabajo nacional por el extranjero contaron las medidas de política económica adoptadas por entidades como el Banco de la República, las cuales contribuyeron con el desastre económico y social que hoy se padece. La desprotección se tradujo en un déficit estructural de la balanza comercial, el cual sumó, entre 1994 y 2003, 26.351 millones de dólares[2] (Juan Pablo: creo que la cita es insuficiente y damos papaya si la dejamos así), cifra que no por casualidad se asemeja al crecimiento de la deuda externa en el período, incremento irresponsable, para decir lo menos, sin el cual no hubiera habido los dólares suficientes para pagar las importaciones que quebraron sectores completos de la industria y el agro nacionales.

 

Como es obvio, nada bueno puede ocurrirle a un país en el que se sustituye el trabajo nacional por el extranjero (con el agravante de que así se eliminan las pocas cosas que Colombia está en capacidad de producir), al que se le lesiona su capacidad para generar ahorro interno, reemplazándola también por la foránea y por un endeudamiento que se contrae con múltiples condiciones indeseables, y al que las empresas que no se arruinan, sean públicas o privadas, se las toman las transnacionales, todo lo cual genera un auténtico dólarducto por el que se escapa la parte fundamental de la capacidad de generar acumulación interna en el país, convirtiendo en una burla cruel la supuesta “ayuda” del capital extranjero al progreso del país. (Aquí sería clave dar cifras que probaran las frases anteriores, haciendo la advertencia que las cifras de las transnacionales pueden estar infladas o desinfladas en su beneficio)

 

Como resultado de la apertura, las pérdidas agrícolas fueron enormes, las industriales mayores (aunque se sepa menos, porque las estadísticas no han sido publicitadas por quienes han debido hacerlo) y la pobreza y la miseria avergüenzan a los colombianos ante el mundo, en especial porque también han sido escandalosas las ganancias de unos cuantos extranjeros y los poquísimos colombianos vinculados a estos.

 

En relación con la pérdidas de la industria, las cifras también son incontrovertibles.. (Juan Pablo: poner aquí la caída industrial de 1999) La República (11 de agosto de 2005) registra que desde 1996 han entrado en proceso de liquidación 1.171 firmas de distintos sectores y tamaños. Las cifras del DANE muestran cómo en 1995 existían 7.909 establecimientos industriales y en el 2002 la cifra se redujo a 6.881, una caída del 13 por ciento, mientras el personal ocupado en el sector pasó de 649.163 personas a 531.213, representando una baja del 18 por ciento. En el año 1994 el PIB industrial real por habitante era de 265.540 pesos[3]; para 1999 la cifra llegó a 231.750 pesos, un 13 por ciento menos, y para el 2004 el valor de la cifra fue de $264.805, valor casi idéntico al de 1994. Va, entonces, una década de estancamiento en la generación de riqueza industrial, la cual es –como se sabe y no obstante la importancia del desarrollo agropecuario– la fundamental para el desarrollo de cualquier país.

 

Es clara, de otro lado, la estrategia de la gran empresa colombiana: venderse para ser la socia minoritaria de negocios que en el país tengan alguna posibilidad de avance en el “libre comercio”.  Y también es diáfano el destino del resto de los sectores productivos, por dos razones.  Primero, porque para poder captar sus mercados y aumentar sus poderes monopólicos, las trasnacionales necesitan envilecerlos hasta la aniquilación, como lo muestra la evidencia.  Y segundo, por una simple razón: sus condiciones estructurales les impiden competir en franca lid con los gigantes de la globalización.  Las divergencias que surgen al comparar empresas norteamericanas con las colombianas, permite ver que el falaz argumento gubernamental del “sí se puede” y de la “malicia indígena”, diseñado para cazar incautos, es imposible de materializar.  Una pequeña empresa, en número de empleados es allá entre 5 y 22 veces más grande que las colombianas, la mediana entre 2.5 y 5 veces más[4]; y ni mencionar algo sobre las grandes, cuando una sola empresa estadounidense llega a tener ventas iguales o superiores a todo el PIB de Colombia en un año.  Un solo sector productivo norteamericano, como la industria de alimentos, tiene para el 2002, 3.8 veces más establecimientos que toda la industria colombiana[5].  Estas cifras son una forma más de demostrar que en la famosa competencia entre firmas, que es de lo que trata el “libre comercio”, Colombia no tiene absolutamente nada para ganar y todo por perder.

 

Los neoliberales criollos se inventan todo tipo de artilugios para presentar sus propuestas como las defensoras del interés nacional en el “libre comercio”, y como promotoras de la posibilidad de desarrollar una fuerza económica interna y de tener relaciones democráticas con el resto de países del mundo.  Pero los hechos, que son los que al final demuestran la calidad de una política, les niegan la razón.  El pobre desarrollo productivo del país, las precarias condiciones de vida de las mayorías colombianas, los bajos niveles de acumulación de riqueza interna, la fuga de nuestro ahorro y gentes, etc., nos dan la razón a quienes afirmamos que nada bueno se puede esperar cuando se decide atar el destino a los designios de otro país y sus empresas trasnacionales.

[1] GUTIERREZ CASTRO, Edgar. 2003.  EL ALCA: otra equivocación como la apertura puede ser muy grave.  Revista DESLINDE No. 33, mayo-junio, pp. 28-35.

[2] La cifra es del Banco de la República, para el mismo período Planeación Nacional habla de US $26.375 millones de déficit acumulado.

[3] Cálculos efectuados con las proyecciones poblacionales del DANE y el PIB industrial real en pesos de 1994.

[4] Cálculos realizados con base información presentada en Portafolio del 7 de febrero de 2005, pp. 19.

[5] Cálculos elaborados basados en cifras del Departamento de Comercio de los Estados Unidos (www.commerce.gov) y de la Encuesta Anual Manufacturera realizada por el DANE.