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LA GLOBALIZACIÓN NEOLIBERAL NIEGA LA DEMOCRACIA

La globalización neoliberal niega la democracia 14 de junio de 2007  Jorge Enrique Robledo*   Siempre que hablo en ambientes de universidad expreso doblemente mis agradecimientos, porque me siento bien en estos medios de la academia. A ratos creo que soy un profesor universitario extraviado en el Senado. Es la actividad a la que le […]

Hace 4 semanas

La globalización neoliberal niega la democracia

14 de junio de 2007 

Jorge Enrique Robledo*

 

Siempre que hablo en ambientes de universidad expreso doblemente mis agradecimientos, porque me siento bien en estos medios de la academia. A ratos creo que soy un profesor universitario extraviado en el Senado. Es la actividad a la que le he dedicado el grueso de mi vida.

 

Voy a dividir mi intervención en dos partes. Una primera, en la que expresaré qué entiendo yo por globalización y, sobre todo, qué es la globalización en Colombia, fundamentalmente en términos económicos, aunque, precisamente por la misma lógica de la globalización, sea muy parecida en todas partes. ¿Qué es lo que nos ha pasado?, ¿de qué es de lo que trata este modelo? Y en la segunda parte, en la que intentaré hacer una aproximación a lo que le pasa a la ciudadanía y a la democracia en un ambiente de globalización neoliberal. Porque estamos hablando, no de cualquier globalización, sino de la globalización neoliberal.

 

Lo que conocemos con el nombre de globalización, o de neoliberalismo, o de apertura, o de privatización – el nombre finalmente no importa mucho – se inició en Colombia en febrero de 1990, cuando el gobierno de Virgilio Barco decide darle vía libre a la aplicación de este modelo que los sucesivos gobiernos van a seguir aplicando. Y diría que hoy, después de quince años, el único consenso en el análisis sobre lo que nos ha sucedido en torno a esta “nueva política”, que no es tan nueva en realidad, puesto que profundiza lo que venía de atrás, es que el país atraviesa por la peor crisis social de su historia. Es tal el consenso en lo que guarda relación con desempleo, pobreza, miseria, alimentación, salud, vivienda, entre otras, que me voy a eximir de dedicarle más tiempo. Basta con recordarles que inclusive los neoliberales más hirsutos coinciden en que el desastre es inmenso. Se menciona poco otra realidad, sobre la que también puede lograrse el consenso con cierta facilidad, y es que Colombia está en el pelotón puntero de los países con mayor desigualdad social en todo el globo. Y estamos ya bien cerca de ser el primero. Es de suponer que terminando este gobierno de Alvaro Uribe Vélez, ya tengamos medalla de oro en desigualdad social entre la extrema pobreza y la extrema riqueza. ¿Por qué estoy mencionando desde ya lo que debería ser más bien una conclusión? Porque quiero hacer énfasis en que aquí ya ha habido unos ganadores y que no todo ha sido pérdidas sociales. No, hay también unos cuantos colombianos a los que les ha ido supremamente bien. En estos días, un funcionario de la Organización de Naciones Unidas (ONU) comentaba que los ricos colombianos parecen ricos parisinos y que los pobres colombianos parecen pobres africanos. Esta frase resume bien lo que nos está pasando.

 

La controversia empieza cuando hay que analizar qué fue lo que nos pasó. Quiero detenerme a analizar con algún detalle en qué consiste el modelo. Nos pasaron muchas cosas, pero voy a mencionar principalmente tres para explicar el desastre del que vengo hablando. Primero, los promotores nos anunciaron que era un modelo para exportarle al mundo en cantidades enormes, tanto que alcanzaron a hablar de que nos íbamos a volver el Japón de Suramérica. Dije en esa ocasión que antes de lograr las exportaciones que ellos anunciaban, primero se nos ponían los ojos rasgados. A unos pocos, muy pocos, les advertimos que iban a destruir el aparato productivo nacional y el debate quedó planteado. Hoy, catorce años después, los hechos y la práctica han dado el veredicto. ¿Qué dice el veredicto? Que la balanza comercial colombiana, que era una balanza equilibrada al momento de iniciarse la aplicación de esta política, pues exportábamos más o menos lo mismo que importábamos, se convirtió en una balanza comercial negativa de cerca de 20 mil millones de dólares. ¿Qué significa esto? Que en estos últimos quince años, Colombia no pudo competir con las nuevas importaciones que nos inundaron y, algo tal vez más grave o que al menos complementa la gravedad del asunto, no fuimos tampoco capaces de encontrar productos nuevos de exportación que compensaran las gigantescas pérdidas. Esto causó un desastre agropecuario y un desastre industrial de proporciones inmensas. El desastre agropecuario es muy conocido, no vale la pena que lo detallemos, y también sobre esto hay una especie de consenso nacional. Pero en lo que quiero insistir es en la idea de que el desastre industrial fue aún mayor. Las estadísticas así lo demuestran. Si una realidad tan aplastante se conoce poco, es porque los encargados de divulgarla la han ocultado cuidadosamente. Estoy haciendo referencia a los jefes gremiales de la industria, pero incluso la Asociación Nacional de Industriales (ANDI), en algún momento, alcanzó a acuñar el término “desindustrialización”, para expresar lo que el país vivía. Recordemos que la industrialización reviste suma importancia para un país, porque multiplica la productividad del trabajo, fundamento de cualquier desarrollo serio. Entonces, a cualquier país que se desindustrializa lo que le está sucediendo es que no eleva la productividad del trabajo en los niveles adecuados y, en consecuencia, está condenado al subdesarrollo y a la pobreza.

 

Lo segundo que nos pasó fue que Colombia debía unos 17 mil millones de dólares empezando el proceso. A los cuatro años o cinco años estábamos debiendo más de 36 mil millones. Hoy, estamos en 40 mil millones, que, para una economía como la nuestra, es mucha plata. Les llamo la atención sobre un fenómeno muy grave: nos echamos un siglo para poner la deuda en 17 mil millones y en menos de cinco años más, duplicamos esa cifra. Estamos en una situación pavorosa, porque los nuevos créditos externos que se contratan son para hacer roll over, es decir, para pagar las deudas contraídas. ¿Por qué esta irresponsabilidad, para llamarla con suavidad, de doblarle la deuda a un país al cual se le estaba destruyendo el aparato productivo? No encuentro sino una sola explicación. El endeudamiento fue la manera como se consiguieron los dólares – que las exportaciones nacionales no se encontraban en capacidad de aportar –, para pagar las importaciones que estaban destruyendo al mismo tiempo la economía nacional. Estoy haciendo una acusación gravísima y la hago con plena conciencia. Endeudamiento cuya parte menor es lo que debemos, pues la parte grave son todos los condicionamientos a los que viene atado y que le crean a la oligarquía colombiana una especie de adicción a la deuda externa muy parecida a la que causa la cocaína, con la diferencia de que, para efectos de la adicción a la deuda externa, la oligarquía se queda con los beneficios, pero el desastre y el sufrimiento los paga el común de la gente.

 

Lo tercero que nos pasó es aún más grave que todo lo anterior sumado. Y es el inmenso avance del capital extranjero sobre la propiedad nacional. Por ejemplo, en carbón y níquel éramos socios del capital extranjero; hoy son sólo del capital extranjero. El capital extranjero hacía presencia en el sector financiero, pero con mil controles y una relativa debilidad. Hoy, se observa un avance inmenso y, además, se le está abriendo nuevos negocios a las trasnacionales respectivas, por lo que toda la lógica del parasitismo financiero avanza en proporciones inmensas. No había capital extranjero en el comercio al detal y hoy, por medio de los hipermercados, los foráneos controlan una porción grande. Tampoco había capital extranjero en el sector de los servicios públicos domiciliarios tales como el agua, la energía, las telecomunicaciones, las basuras, que, en un país tan atrasado como el nuestro, es un sector capital del desarrollo nacional o, por lo menos, de los procesos de acumulación interna.

 

Si se resume qué fue lo que pasó en estos años, está obligado a reconocer que aquí lo que hay es un feroz proceso de desnacionalización de la economía nacional. Desnacionalización por la vía de estar hoy importando bastante más que lo que exportamos y, sobre todo, importando artículos y bienes que estamos en capacidad de producir, porque yo no discuto que se importen tractores; pero, el fenómeno que es de sustitución de la producción nacional por la extranjera, del trabajo nacional por el extranjero y un proceso de desnacionalización de la economía por la vía de la deuda, al punto que el pasivo con el que carga la nación colombiana asciende a 40 mil millones de dólares. Todo lo que no se quiebra, se lo toma el capital extranjero. Es un resumen de lo que nos pasó.

 

Quiero dejar sentado un punto. No me opongo a que hagamos importaciones o exportaciones, no se trata de eso. Las exportaciones las debemos hacer, por razones obvias, y también las importaciones. Si hay que importar tractores, hay que hacerlo. Tampoco me opongo a que haya inversión extranjera, sino a que la inversión foránea entre desbaratando el aparato productivo nacional y arrebatándonos la capacidad de generar ahorro interno y nacional. Antes de pasar a otro punto, quiero también dejar sentado que esta política no es el fruto de la genialidad de ningún cerebro criollo. Es el Consenso de Washington, son los dictados del Fondo Monetario Internacional. Me deleito diciendo que a los neoliberales colombianos, el día que tengan una idea propia, de verdad propia, sobre algo que de verdad valga la pena, les va a dar un derrame cerebral.

 

¿Qué se nos viene ahora encima? El Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) y el Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos y los países Andinos, excepto Venezuela (TLC). Medio sorprendente, podrían pensar los ingenuos. ¿Cómo, después de un desastre semejante, nos vamos a meter en el ALCA y en el TLC que no hacen otra cosa que profundizar el modelo neoliberal? ¿Qué es ALCA? y ¿qué es TLC? Profundizar el neoliberalismo, es decir, la política de los últimos quince años. Si en los tres lustros anteriores disminuyó la protección de la economía y del capitalismo nacional para oponerlo inerme al extranjero, de lo que se trata con el TLC es de eliminar dicha protección. Se trata de aplicarle al paciente, ya hoy bastante grave, una dosis tamaño familiar del mismo veneno que lo viene matando desde 1990. El propio Departamento Nacional de Planeación (DNP) produjo el año pasado un estudio, que de manera sucinta prevé lo que va a pasar, en especial dos fenómenos: primero, que las importaciones van a crecer al 12% aproximadamente, mientras que las exportaciones lo van a hacer casi al 6%, en números redondos: seis contra 12. Las importaciones crecen el doble. Luego, continúa el proceso de sustitución del trabajo y del ahorro nacional, por trabajo y ahorro extranjero. Y lo segundo, para lo cual retomo textualmente lo que afirman en Planeación y sobre lo que llamo la atención, es que: “si se tiene en cuenta la inversión extranjera en el sector de los servicios las ganancias del TLC serán evidentes”.

 

Dos anotaciones sobre la cita; la primera de ellas es que si no se tiene en cuenta la inversión extranjera en el sector de los servicios, las pérdidas serán evidentes, por la comparación que acabo de explicar entre las importaciones y las exportaciones. Y la segunda, es que lo que no se quiebre se lo va a seguir tomando el capital extranjero. Es claro que el TLC es una profundización del modelo que se nos viene aplicando en estos últimos quince años. Si ustedes miran con atención, ya que hay que leer entre líneas y subrayar, encontrarán que en este punto han sido bastante francos todos los analistas neoliberales, los editorialistas del periódico El Tiempo, distintos columnistas de todo el mundo, insistiendo en que a Colombia la salva es la inversión extranjera y que lo más importante del proceso es que le vamos a brindar estabilidad y reglas de juego permanentes a la inversión extranjera. Que como Colombia no tiene capacidad de ahorro interno –dicen– será el extranjero el que vendrá a salvarnos. Diría que la divisa del presidente Uribe Vélez y su gente, como se lo manifesté al Ministro de Comercio Jorge Enrique Botero un día y no le gustó, es que los colombianos solo seremos felices si primero hacemos felices a los gringos. Esa es la propuesta que se nos está haciendo. Pero esa inversión extranjera hay que mirarla con beneficio de inventario. La inversión extranjera no llega a los países porque sí. Los invito a que hagamos una reflexión simple: ¿Por qué un míster que está en París o en Nueva York y que tiene una montaña de dólares se va a venir para Bogotá, Colombia, o a Barranquilla, o a Pácora a invertir su dinero? No hay sino una explicación: aquí va a ganar más plata de la que puede ganar allá. No puede ser de otra manera.

 

¿Y cómo gana más aquí que allá? En primer lugar hay que venderle la propiedad nacional más barata, sean materias primas mineras o empresas de servicios públicos domiciliarios. En segundo lugar, hay que ponerle impuestos bajos o inexistentes, y quiero hacer hincapié en este aspecto. La última Reforma Tributaria, aunque todas son idénticas, se empecinó en bajarles la renta a monopolios y a las trasnacionales y en subirles el IVA y los impuestos a los salarios e incluso a las pensiones. En tercer lugar, hay que ofrecerles, a como dé lugar, mano de obra barata, muy barata, extremadamente barata. La globalización consiste en crear un mercado de envergadura global en el que actúen, por supuesto, capitales de envergadura global. Lo que al final se termina dando es una especie de competencia universal para atraer los capitales y uno de los imanes fundamentales es la mano de obra barata. Barata en pensiones, en salarios, en salud, en largas jornadas laborales, pues el que no trabaje largo y barato lo acusan de no tener sentido de pertenencia con la empresa y, entonces, lo echan. ¿Y qué más se le ofrece al capital monopolista extranjero? Libertad de movimiento de los capitales financieros aun cuando sean especulativos y así entren destruyendo la economía nacional y salgan destruyendo, a la estampida, la misma economía nacional. Derechos de propiedad intelectual mayores que los utilizados. En un mundo tan complejo como el de hoy, la producción material se halla fundamentada cada vez más en altos niveles de desarrollo de la ciencia y la tecnología. Países como el nuestro jamás podrán llegar a los altos niveles de la ciencia si no copian, si no imitan.

 

Hay actualmente tres niveles de países en esto de la ciencia: los innovadores, los imitadores y, el tercer grupo –donde estamos nosotros– que ni siquiera imitan. Lo que se persigue, al endurecer el monopolio de la propiedad intelectual, es impedir que los imitadores y los del tercer nivel, ni se diga, tengan cada vez más dificultades, de tal manera que la propiedad intelectual, mediante el sistema de patentes y otros subterfugios, garantice el monopolio sobre la producción de los sectores más avanzados de la economía. Este es un punto en que se nos quiere dejar en la barbarie y por fuera del desarrollo científico y tecnológico. Vienen además tribunales internacionales de arbitramento que sustituirán la justicia nacional para resolver las contradicciones con el capital extranjero. Y van a ser igualados los inversionistas nacionales con los foráneos cuando, ante la desigualdad descomunal entre los unos y los otros, no puede haber desigualdad mayor que esa supuesta igualdad que están concediendo. Se ha puesto en marcha una política pensional, de educación, de salud terriblemente antisocial. En el caso de la salud, se la convierte en una mercancía. Todos sabemos que la mercancía, cuando es de alto costo, es de excelente calidad. Pero, cuanto más baje el costo, más mediocre será la calidad, hasta terminar desapareciendo en la escala inferior de la estratificación social, que es lo que le pasa a la mitad de los colombianos, que no tienen ningún derecho en salud.

 

El punto que probablemente resume más la gravedad de lo que estoy explicando, y que por falta de tiempo dejo apenas planteado, es la política de ofrecer a los empresarios, a la burguesía, la posibilidad de enriquecerse exportando al mercado internacional, mientras dejan a su pueblo sumido en la miseria. El fundamento es pernicioso, puesto que no trabaja sobre el desarrollo del mercado interno, lo cual significa que yo puedo aspirar a ser multimillonario en Colombia en un país de parias y de miserables. Cuando miraba este auditorio me hacía la siguiente reflexión: este auditorio podría estar en cualquier ciudad del mundo civilizado. Muy bonito además. Me gusta la arquitectura, pero esto no es Colombia. Se está creando como una especie de burbuja que es la lógica de la globalización. Se habla del 20-80: 20% de gente más o menos conectada a la modernidad y disfrutando de auditorios como estos. Y un mundo exterior de 80%, como el de Ciudad Bolívar en Bogotá, y todos estos males espantosos que padecemos en nuestros países.

 

La política también está siendo diseñada desde afuera. Todo este cuento de la gobernabilidad que se viene propagando, y sobre el cual tampoco me voy a detener, tiene como propósito estimular, a mi juicio, una cada vez mayor antidemocracia política, negando la democracia como fundamento de las relaciones políticas y sociales. En el caso de Colombia hay dos estudios, uno de la Universidad de Georgetown y otro de la Misión Alesina, del profesor Alberto Alesina de la Universidad de Harvard. Para resumir este punto, digo: bien, relaciones internacionales sí, pero, ¿qué tipo de relaciones internacionales?

 

Estamos en el capitalismo y sobre él voy a decir dos cosas elementales. Es un sistema de competencia feroz, no un sistema de solidaridades. Es un sistema de competencia feroz donde es absolutamente lícito que el pez grande se coma el chico, donde la ley suprema es la de la máxima ganancia, así sea a costa de la desgracia del prójimo. Y de la misma forma operan las relaciones económicas entre los países capitalistas. A quienes creen entonces que los gringos nos van a venir a salvar y que el Plan Colombia se diseñó para salvarnos, les dejo esta inquietud: esos gringos que vienen aquí a salvarnos ¿no son de los mismos que están invadiendo a Irak? O es que allá mandan a los malos y aquí nos envían a los que pertenecen a la congregación de la madre Teresa de Calcuta. De eso es de lo que se trata.

Yo le he venido martillando a los uribistas (partidos que apoyan al Presidente Uribe) en el Congreso: “señores, no nos traten como idiotas. Destruyan el país si pueden, pero no crean que somos mensos y no nos damos cuenta, porque estamos en capacidad de entender qué es lo que está pasando”. Estamos en plena globalización, con la ley del mercado llevada a su máxima expresión, y cuando uno intenta explicar cómo funciona el capitalismo, muchos se declaran sorprendidos y dicen, y ese señor por qué está hablando de esas cosas.

 

Integración económica. Con la palabra integración nos pasa como con la de democracia y la libertad: todas suenan supremamente bien. Porque ¿a quién no le gusta integrarse?, ¿quién no prefiere la libertad a la esclavitud, la democracia a la antidemocracia?, pero, en su nombre se cometen los peores crímenes. Aclaro, entonces, que este proyecto de globalización neoliberal y del TLC y el ALCA no es, de ninguna manera, de integración económica. Es un proyecto de anexión de las enclenques economías latinoamericanas y de la colombiana especialmente, por la todopoderosa economía norteamericana. De sustitución de la producción y del capitalismo nacional por el capitalismo y la producción extranjera en todas sus manifestaciones. A mí me gusta utilizar un término que molesta, pero lo uso porque pienso que es técnicamente perfecto. Aquí ante lo que estamos es ante un proceso de “recolonización imperialista”. Y con todo propósito utilizo el término “imperialista”, aun cuando sé que está prohibido usarlo, sobre todo en los medios académicos, porque, claro, no se debe mencionar la soga en la casa del ahorcado, pues resulta ser de mal gusto. Pero así se llama. Recolonización imperialista quiere decir que nuestras relaciones con Estados Unidos se parecen cada vez más a las que tuvimos con España. Es tan simple como eso. Y sobre esto llamo la atención y lo hago aquí en la Pontificia Universidad Javeriana, con mayor razón, pensado cómo hace unos dos años la Academia de Ciencias Sociales del Vaticano, no un simple cura por ahí, expresaba su preocupación porque la globalización neoliberal se le parecía cada vez más al colonialismo. Dejo esto como inquietud. Y por eso a comienzos de los 90 se le hizo tanto ruido a toda la elaboración teórica sobre la supuesta caducidad de las soberanías nacionales. Si hubo algo en el terreno de la ideología contra la cual arremetió el neoliberalismo cuando empezó su boom, fue contra la vigencia de las soberanías nacionales. Y era obvio que fuera así, porque de lo que se trataba era de demoler las soberanías nacionales, no todas, porque los monopolios gringos y el imperialismo aprecian tanto la suya, que hasta se sienten con derecho de llevarla hasta Irak, Afganistán y Palestina y traerla a Colombia y recorrerla por el mundo.

 

Todo lo anterior termina generando la teoría del pensamiento único. Hay un solo pensamiento global que es el del neoliberalismo. A quienes estamos en contra se nos declara bárbaros, como hacían los romanos en la Antigüedad con quienes se les oponían. Hace unos días nos trataron hasta de trogloditas, porque si no adherimos al pensamiento único, quedamos confinados a las tinieblas exteriores. Los amigos del pensamiento único intentan presentarlo como algo neutral, como si el capitalismo no fuera un sistema de competencias sino de solidaridades. Sobre esa pretendida neutralidad del pensamiento único, yo les pregunto: ¿no proviene del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional?, ¿cómo se vota en el Fondo Monetario Internacional y en el Banco Mundial?, ¿todos tenemos el mismo derecho a voto, los mismos votos, los países pobres, los medianos, los ricos? Si esto es tan neutral, ¿por qué no vota allí todo el mundo en igualdad de condiciones?, ¿por qué los estatutos les confieren poder de veto a los países desarrollados si se supone que somos como hermanos y estamos todos montados en la misma nave y tenemos los mismos intereses? A quienes piensan que el propósito principal de Washington, en sus relaciones internacionales, es favorecernos a todos y que todo lo que allí se hace es de signo democrático, uno se ve tentado a preguntarles, bueno, ¿y por qué no nos dejan votar en las elecciones de Estados Unidos? A quienes están hablando de que todo da lo mismo y que todo es igual, les hago otra pregunta: entonces, ¿por qué no se plantea un único país en el mundo y un único gobierno mundial en el que todos estemos representados? Simplemente lo planteo como una ironía, como una reflexión, si ustedes quieren, porque esto desde luego no tiene ninguna viabilidad en este momento. Ayer en Estados Unidos se estaba decidiendo la suerte de la humanidad o, por lo menos, la de América Latina y la de Colombia. Y si es tan democrático todo lo que allí está sucediendo, ¿por qué no nos dejan votar?, ¿en qué consiste entonces la globalización?, ¿es de verdad un avance democrático lo que se viene armando o es, por el contrario, la negación misma de la democracia? Hablar de globalizados y globalizadores es una buena manera de expresar el asunto. De un lado, los que ponen la jeringa y del otro, a los que nos bajan el pantalón.

 

¿Cuál es la relación entre autodeterminación nacional, soberanía nacional y democracia? Hay un economista alemán que ha sido ocultado de manera sistemática. A quienes aquí gustan de los temas económicos se los recomiendo. Se llama Federico List, un alemán a quien querían mucho en Estados Unidos, tanto que fue uno de los padres del pensamiento económico con el cual los gringos y los alemanes desarrollaron las teorías económicas y políticas que opusieron a las teorías “cosmopolitas” de Smith, que era como se llamaba el neoliberalismo de ese entonces, que por supuesto les convenían a los ingleses –al imperialismo inglés, para ponerlo en esos términos– y que predicaban también la libre competencia. Exactamente el mismo debate que estamos haciendo ahora se hizo en el siglo XIX.

 

List lo hizo. Lo recomiendo, además, porque es un polemista y una pluma excelentes, muy ágil. Su libro principal se llama Sistema nacional de economía política. No es fácil conseguirlo porque lo han ocultado. Lo publicó hace un tiempo el Fondo de Cultura Económica. List hace una explicación muy sencilla. Tiene además un encanto: es un tipo directo, sencillo y claro. Montándole entonces el debate a Smith en torno a la globalización de la época, porque no estaban en la globalización de los gringos sino en la de los ingleses, List dice que el asunto es muy simple: entre la economía individual de la que habla Smith y la economía global de la que también habla Smith, existen economías nacionales. Si no entendemos que existen economías nacionales y realidades nacionales, no entenderemos tampoco qué es lo que hay que hacer para desarrollar políticas nacionales de desarrollo económico. Este es el punto clave, que además no depende de nuestra voluntad. Se trata de hechos impuestos por los propios imperios. Lancé hace un rato la ironía de preguntar por qué no votamos todos en las elecciones norteamericanas y por qué no creamos un gobierno único. No. Ellos mismos no lo aceptan, no lo van a aceptar. Son ellos los que impiden que haya una forma social de organizarse diferente a la de las naciones y a la de los estados nacionales, así les vulneren a éstos las soberanías, y, en cierto sentido, los conviertan en una ficción. Así, al final solo nos dejen el derecho de tener himno, bandera y selección de fútbol. No nos sacan de ahí. Ese es el barco donde estamos localizados. Es lo que explica List y esa es la realidad. No es factible pretender que en el mundo del capitalismo, un mundo de competencias feroces, no de solidaridades, pueda haber una mancomunidad de naciones en las que todos tengamos derechos iguales. Estamos organizados como naciones y en Estados nacionales. No podemos existir como individuos por fuera de lo nacional, hecho que nos afecta de muchas maneras. Quizá aquí dentro de este teatro parezca no afectarnos, porque solo nosotros tenemos acceso a esta calidad arquitectónica. Pero, lo cierto es que hasta los más ricos de Colombia se hallan presos en el barco en el que vamos montados, así logren crear su burbuja. Y las capas medias e inferiores sí que se encuentran cada vez más presas de esa realidad.

 

Entonces, hablarle a uno de democracia nacional sin autodeterminación es la negación de todo. ¿Puede haber democracia interna en un país que no se autodetermina?, ¿puede haber democracia en Colombia si todo nos viene definido desde Washington?, ¿no convierte esa imposición al Congreso, al Ministerio de Hacienda y a todo el Estado en una ficción de democracia?, ¿para qué es la democracia?, ¿tiene que ver con decidir o simplemente es ir y depositar un voto en una urna, y que haya senadores y ministros? La democracia es una manera de decidir. La democracia no es un fin sino un medio para tomar las decisiones. Por supuesto, tiene otros alcances. Tiene que ver también con poder expresarse. Pero todo está vulnerado, absolutamente vulnerado de la manera más brutal. Nos ponen por fuera de nuestro país y el centro de decisiones lo localizan en Washington, en un idioma que ni siquiera es el nuestro, en el que no podemos participar de ninguna manera, ni juzgar nada, ni analizar nada. Lo del Congreso es un espectáculo lamentable. Se le arroja encima un chorro de decisiones ya tomadas por el FMI y ahí lo único que se hace es la farsa de legitimar todo eso, como si fuera una supuesta decisión nacional y democrática. Y cuando los que nos oponemos nos paramos y argumentamos, nos miran los demás como si estuviéramos locos. Pienso que algunos de ellos hasta creen honradamente que lo estamos porque se supone que ese derecho nos está negado.

 

Al final, la democracia se ha ido convirtiendo en una ficción, particularmente en un país como el nuestro, pero incluso a escala universal. Les recomiendo que lean un artículo que publicó Daniel Samper Pizano en El Tiempo sobre las elecciones de Estados Unidos. Porque además a la ficción le falta seriedad. Ni siquiera es una ficción bien hecha, sino que se monta tanto en Colombia como en Estados Unidos sobre la base del clientelismo. Y, hoy, en Colombia, estamos gobernados por el rey de los clientelistas. Eso de los sainetes sabatinos televisados no es más que una ficción de democracia: impostar la democracia para hacer una operación clientelista que a uno le recuerda el medioevo: esas giras que hacían los señores por sus feudos resolviendo problemas o haciendo como que resolvían problemas y repartiendo una gallina por aquí, un cerdito por allá. Esperemos que el presidente Uribe Vélez no se atreva a ejercer el derecho de pernada.

 

O la ficción de la democracia que manejan los medios masivos de comunicación, que en países como Estados Unidos llega ya al paroxismo. Unos medios de comunicación que crean una especie de realidad virtual que nada tiene que ver con la realidad nacional. Pero no por error o confusión, sino como una campaña sistemática fríamente calculada para imponer estos desastres que nos vienen sucediendo. La estrategia de los medios se edifica sobre hechos concretos, que me limito a mencionar, por ejemplo, sobre el descrédito del Congreso. El Congreso es una expresión de la democracia en cualquier parte del mundo. Es más, diría que en regímenes de este tipo de democracia occidental se supone que es el órgano de la democracia por excelencia. Porque finalmente el Poder Ejecutivo ¿a quién representa? Al grupo minoritario que logró acceder a la jefatura del Estado. En el Congreso, mal que bien, está representada toda o casi toda la nación, esto es el abecé de la ciencia política. Y no voy a defender al Congreso de Colombia o a la mayoría del Congreso, porque esto del Congreso es también una manipulación. El Congreso existe como una formalidad legal, pues a la hora de votar, ganan unos y pierden otros. Entonces la decisión aun cuando legalmente parece tomarla el Congreso en pleno, la toman las mayorías de los congresistas, pero, bueno, utilizamos el concepto del Congreso.

 

No voy a defender el Congreso de Colombia, repito, y ha pasado de todo. Pero, tampoco puedo perder de vista que una parte inmensa del descrédito contra el Legislativo, en un país como el nuestro, es un truco del Ejecutivo para someter a esa expresión de la democracia a su mínima expresión. O será que aquí, un buen día, los 45 millones de colombianos concluyeron que todos los congresistas éramos rateros porque cada uno de esos 45 millones hizo una investigación científica y demostró que todos éramos pillos. No. Esa es una realidad que crearon los medios masivos de comunicación y la crearon en beneficio del Poder Ejecutivo para resolver a la brava, la inevitable contradicción que hay entre el Legislativo y el Ejecutivo, aquí y en todas partes, porque como el Ejecutivo representa tan sólo a un sector de la sociedad, siempre tendrá contradicciones con el Legislativo donde está representado un mayor número de gente. Resulta, entonces, muy cómodo desacreditarlo hasta el infinito como una manera de someterlo y acabarlo con una de las parcelas de democracia que aún quedan en países como el nuestro. Dije, también, que no voy a defender las truhanerías que cometen muchos legisladores, pero sí estoy separando, fíjense ustedes, la crítica honrada al Legislativo de la que no lo es. Una crítica honrada al Legislativo tiene una base democrática. Pero la otra crítica al Legislativo es una maniobra del Poder Ejecutivo, un poder controlado por los grandes capitales y, particularmente, por las trasnacionales para someter cada vez más la democracia a su mínima expresión.

 

Concluyo, entonces, afirmando que vivimos tiempos bien malos para la democracia, porque, además, hay un problema de fondo: la concentración del poder económico; es decir, que la antidemocracia económica tiene que generar antidemocracia política, a mi juicio, de forma inevitable. No puede ser de otra manera. La democracia occidental tuvo orígenes en el capitalismo de la libre empresa o de la libre competencia, que era un capitalismo con más propietarios. Eso es lo que está desapareciendo con el advenimiento del monopolio, del imperialismo. Resulta apenas natural que esas formas de democracia que tuvieron un origen histórico preciso –aunque tampoco es que fueran democráticas en el sentido estricto de la palabra, pero aceptémoslas como una forma de democracia y estoy hablando en ese sentido– tienden a irse perdiendo y reduciendo en la medida en que se va concentrando el poder económico. Piensen no más en la prensa. En el siglo XIX, cualquier colombiano que tuviera tres o cinco pesos sacaba una hojita. Uno podría hablar, entonces, de una cierta libertad de prensa. Pero hoy ¿cuál es la libertad de prensa que se está viviendo?

 

Les hago el llamado a los intelectuales. Ustedes tienen el deber de oponerse. Si de algo puedo enorgullecerme en mi vida como profesor universitario, es haberme negado siempre a asumir una actitud cortesana. Creo que no hay cosa más detestable que un intelectual cortesano. Es imperdonable que una persona que tuvo acceso al conocimiento, capaz de leer entre líneas, capaz de discernir en temas complejos, capaz de investigar, que tiene las posibilidades de acceder a la historia del conocimiento, asuma una actitud complaciente frente a un mundo absolutamente detestable, como lo denunciaba Atilio Borón. Salvo que uno se encampane en la campana neumática, algo que por supuesto está ocurriendo, y quizá, a la vuelta de diez o veinte años, el único pobre que veamos sea a la empleada del servicio. Incluso el urbanismo se ha venido desarrollando en esta dirección. Pero, pienso que si la sociedad nos dio esta posibilidad de formarnos, de tener acceso al conocimiento, de educarnos, lo mínimo que se nos exige es que trabajemos sobre ese conocimiento para intentar dilucidar cuál es la realidad que estamos viviendo, qué es lo que esta pasando, y que hagamos un esfuerzo por cambiar esa realidad.

 

A la globalización neoliberal hay que decirle no. A mí, el Ministro me mandó a decir con un periodista, porque le hice saber un día mi posición de no al TLC: dígale al senador Robledo que esto de todas maneras lo vamos a meter. Y yo le dije: dígale al Ministro que es probable, pero que primero me va a tener que derrotar. Incluso el hecho de la posibilidad de la derrota no nos puede conducir a renunciar a la lucha y a la oposición. No hay victoria más pírrica que la que consigue aquel que para ganar asume el punto de vista del contradictor. Si a algo no podemos renunciar los intelectuales, es a soñar un mundo mejor y a luchar por un mundo mejor, por difícil que sea, y no dudo que lo es. Tampoco creo en cosas eternas. Pero, es probable que no podamos ver el éxito de esta lucha, porque finalmente no está escrito que tengamos como premio ver coronadas nuestras metas. Pero, sí pienso que tenemos el deber de bregar por un mundo mejor, distinto a éste y ello tiene que partir de decirle no a lo que hay: no a la globalización del colonialismo, no a la globalización que nos quita el derecho de producir. Aquí no estamos hablando ni siquiera de cómo distribuir la riqueza. Nos están quitando hasta el derecho de crear, de generar riqueza, de transformar nuestra naturaleza. A la nación colombiana le están negando el derecho de participar en el Globo de una manera distinta de la de ser peones de carga, mulas de la globalización. De eso es lo que estamos hablando. Y todo a cambio, como decía Atilio Borón, de llevar una vida tranquila de intelectuales y de no correr riesgos. Por ahora, digamos no a la globalización y después veremos qué otras cosas habrá que hacer. Pero de momento, en el caso nuestro, de lo que se trata es de derrotar el TLC porque lo tenemos ya encima.

 

Bibliografía

 

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__________________________  2006  El TLC recoloniza a Colombia. Acusación a Alvaro Uribe Vélez (Bogotá: TR ediciones)

 

Roddick, Jacqueline 1990 El negocio de la deuda externa (Bogotá: El Áncora Editores)

 

Suárez Montoya, Aurelio 2003 Crítica al ALCA, la recolonización (Bogotá: Ediciones Aurora)
Notas

 

* Profesor de la Universidad Nacional de Colombia; Senador de la República de Colombia.