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GARANTÍAS SÍ, PERO PARA URIBE Y SUS AMIGOS

Jorge Enrique Robledo Bogotá, 17 de junio de 2005. Hizo bien Carlos Gaviria, candidato a la presidencia de la república por Alternativa Democrática, cuando se negó a participar en el trámite del proyecto de ley de supuestas garantías a los candidatos presidenciales que no son, al mismo tiempo, presidentes en ejercicio. Porque dada su posición […]

Hace 6 meses

Jorge Enrique Robledo

Bogotá, 17 de junio de 2005.

Hizo bien Carlos Gaviria, candidato a la presidencia de la república por Alternativa Democrática, cuando se negó a participar en el trámite del proyecto de ley de supuestas garantías a los candidatos presidenciales que no son, al mismo tiempo, presidentes en ejercicio. Porque dada su posición de principios en contra de la reelección inmediata de los presidentes, y de los alcaldes y gobernadores, mal hubiera hecho en prestarse para actuar en la pantomima que intenta legitimar lo que no tiene legitimación posible. Y con el mismo criterio decidimos sus compañeros de organización en el Congreso.

Que el nombre del proyecto de ley diga que es para regular “la igualdad electoral entre los candidatos a la presidencia” ya destapa la maniobra, así como lo hace su artículo primero que agrega que ello lo estará “garantizando” dicha norma. Y la desnuda porque da por sentada “la igualdad” y ofrece, además, garantizarla, cosas que están descaradamente lejos de ser posibles en este caso.

Se necesita de una dosis de ingenuidad o de viveza bien grande para decir que pueden igualarse las condiciones del presidente–candidato con las del ciudadano que aspira a derrotarlo. Y esto es cierto aquí y en todas partes, como tienen que aceptarlo hasta quienes teorizan a favor de la reelección presidencial inmediata, ninguno de los cuales se atreve a proponer que se permita por más de una vez. Si es tan cierta la igualdad entre los aspirantes y son tan verdaderas la supuestas bondades de la reelección, ¿por qué no proponen que ella se dé por segunda, tercera o cuarta vez? De otro lado, que los “controles” al que aspira a reelegirse se impongan cuatro meses antes de la votación presidencial no sirve para demostrar que habrá igualdad en ese lapso, sino para poner en evidencia que ella no se da en los 28 meses anteriores. ¿Y alguien piensa que el uso y el abuso del poder del Estado para conquistar las clientelas que se arrean el día de las votaciones solo sucede en los últimos 120 días, aun suponiendo, lo cual no es cierto, que se elimine en esas semanas?

En Colombia, el presidente–candidato actúa apalancado por todo tipo de ventajas, entre las que sobresalen: gira cheques por cien billones de pesos al año; es el jefe supremo de las fuerzas armadas; todos los empresarios, y en especial los mayores, saben que sus negocios dependen, por sobre todo, de las decisiones presidenciales; exceptuando a algunos, la sobrevivencia de senadores, representantes, alcaldes y gobernadores depende de tener buenas relaciones con el jede del Estado; y por la razón que sea, ¿hay algo más gobiernista que los directores de los medios masivos de comunicación de este país?

El enorme poder presidencial se aumenta en este caso, dada la personalidad de quien ha demostrado carecer de los escrúpulos necesarios para imponerse ciertos límites, hasta el punto de tomar decisiones que vulneran la propia institucionalidad que él y los suyos construyeron en décadas. Uribe Vélez empezó por proponer, e imponer, que se modificaran las reglas del juego de las elecciones presidenciales en la mitad de su período, pasándose por la faja una de esas normas elementales de la ética que se aprenden en la infancia y que constituyen uno de los fundamentos de las relaciones civilizadas entre las personas y entre las organizaciones. A tanto han llegado las relaciones clientelistas con sus barones electorales y a las que somete a las gentes del común en sus actuaciones televisadas, que tuvo que eliminar de su repertorio su demagógica “la lucha contra la politiquería”, no fuera que lo llamaran de Sábados Felices. Y terminó preso, y apresó al país, de la mayor de las desigualdades que pueda concebirse en un certamen electoral: quienes controlan enormes fortunas, gran poder político y miles de hombres armados no pueden hacer otra cosa que respaldar su reelección, pues Uribe es, como lo han dicho en todos los tonos los jefes paramilitares en Santa Fé de Realito, su mayor garantía en una encrucijada en la que se están jugando hasta la vida.

Y con respecto a que todo esto hay que tolerarlo y aun respaldarlo porque se trata de favorecer la reelección del Mesías, no se sabe que es peor: si los que lo dicen lo creen o no lo creen. Porque si es solo una frase calculada para pescar a algún incauto, pues se trata de un engaño barato. Pero si creen en esa idea, empezando por el propio Uribe, pues se trata de un caso descrito en la literatura médica.