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BALANCE CAFETERO

BALANCE CAFETERO Jorge Enrique Robledo Castillo Contra la Corriente Manizales, 16 de diciembre de 1997. Termina un año notable en hechos cafeteros. Luego de una lucha que contó con la natural incomprensión de los neoliberales, quienes apoyan las medidas favorables a los monopolios pero censuran las que favorecen a los campesinos menos pobres y a […]

Hace 1 mes

BALANCE CAFETERO

Jorge Enrique Robledo Castillo

Contra la Corriente

Manizales, 16 de diciembre de 1997.

Termina un año notable en hechos cafeteros. Luego de una lucha que contó con la natural incomprensión de los neoliberales, quienes apoyan las medidas favorables a los monopolios pero censuran las que favorecen a los campesinos menos pobres y a los empresarios no monopolistas, se logró elevar la condonación total de las deudas de tres a cinco millones de pesos de crédito inicial, con lo que se salvó de la pérdida de sus tierras a otros varios miles de productores.

 

Quedó claro que 1997 tampoco fue el del desquite de los cafeteros, después de una crisis de más de un lustro. Y no lo fue porque los precios externos de la llamada “bonanza” fueron, en términos reales, bastante inferiores a los de 1977, porque las cotizaciones altas solo se mantuvieron por un lapso breve y porque la cosecha nacional mantuvo su tendencia a la baja, con estos hechos agravados por los daños que el verano le produjo a la cantidad y calidad del grano. Los problemas de empobrecimiento, deterioro de los plantíos, ausencia de políticas de respaldo a los productores, exceso de deudas, embargos y remates siguen a la espera de soluciones definitivas, en medio de la zozobra por lo que pueda ocurrir en el futuro.

 

A pesar de la tan mentada parafiscalidad introducida en la nueva Constitución, el último contrato para el manejo del Fondo Nacional del Café resultó ser más de lo mismo: sigue el gobierno con el control del Comité Nacional de Cafeteros y sigue la economía cafetera atada a una política macroeconómica sesgada en contra del progreso nacional; continúa el manejo absolutamente discrecional del precio interno; se ratificaron los impuestos discriminatorios contra los caficultores; y perdura la posibilidad de invertir los ahorros de los productores en lo que se le antoje, en últimas, al jefe del Estado. Afortunadamente, la vigilancia de los cultivadores y de los patriotas frustró el propósito aperturista de desmontar el respaldo institucional al comercio interno y externo del grano.

 

La noticia del año la constituye la publicación de la Encuesta Cafetera, la cual aporta unas cifras que superan las predicciones más pesimistas. Entre 1970 y 1997, los caficultores aumentaron de 302 mil a 566 mil, el área de cafetales disminuyó de un millón setenta mil hectáreas a 869 mil y, por supuesto, unos indicadores que no eran buenos se hundieron: 343 mil productores poseen cafetales de menos de una hectárea y 160 mil entre una y tres, lo que da 503 mil con menos de tres hectáreas, es decir, el 89 por ciento del total. Además, el 38 por ciento de los cafetales se sembró hace más de diez años; hay 260 mil hectáreas de plantíos tradicionales; el 19 por ciento de los productores nunca asistió a una escuela, el 68 por ciento hizo algo de primaria, el 7 por ciento algún estudio secundario y sólo el 2 por ciento luce un título universitario. Cómo serán las cosas que el 28 por ciento de los caficultores colombianos han sido clasificados como “miserables”, que los jóvenes están desapareciendo de las zonas cafeteras y que el Editorial de La República del 11 de diciembre pasado afirma que “se avanza en un acelerado proceso de proletarización”. Y esta es la caficultura que según Samper entregó “en condiciones saludables” y la que ha justificado el gasto de recursos notables en propaganda sobre “la civilización cafetera”.

 

Este desastre es el que el LVI Congreso Cafetero y el contrato de administración del Fondo Nacional del Café decidieron “reconvertir”, a un costo calculado de tres mil millones de dólares (?!). En tanto se conocen los documentos al respecto y se estudian con atención, surgen los primeros interrogantes: ¿Qué pretende la inversión señalada? ¿De dónde saldrán los recursos de la transformación anunciada? Si se pudiera mejorar la productividad de todos, ¿a cuánto se elevaría la cosecha cafetera nacional y a quién se le vendería? En un país que tiene como orientación agropecuaria oficial importar cada vez más la dieta básica de la nación, ¿qué producirán los que empujen hacia la “diversificación” de los cafetales? Y en este minifundio oprobioso, y de ladera, ¿qué negocio supera al del café a pesar de todas sus desdichas?

 

Otro penoso hecho de los últimos doce meses fue el lamentable fallecimiento de Fabio Trujillo Agudelo, el más importante líder cafetero en muchos años y el primero que advirtió a donde llevarían los errores de la orientación cafetera del país. Pero aunque la pérdida es irreparable, todo indica que Unidad Cafetera será capaz de mantener en alto sus banderas.