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AVIVATOS EN CONTRA DEL POLO

Jorge Enrique Robledo Bogotá, 26 de junio de 2009. Nadie que haga parte de una organización debe alegrarse porque esta pierda a uno o a varios de sus miembros. Pero ningún ente democrático puede impedir que un afiliado se vaya cuando quiera, porque se le convirtieron en insoportables los objetivos y las normas que una […]

Hace 6 meses

Jorge Enrique Robledo

Bogotá, 26 de junio de 2009.

Nadie que haga parte de una organización debe alegrarse porque esta pierda a uno o a varios de sus miembros. Pero ningún ente democrático puede impedir que un afiliado se vaya cuando quiera, porque se le convirtieron en insoportables los objetivos y las normas que una vez voluntariamente aceptó. A lo máximo que puede aspirarse cuando el retiro se torna inevitable, es a que el daño sea el menor, lo que significa que ojalá que quien se vaya lo haga íngrimo. Es evidente, entonces, que el Polo Democrático Alternativo superó otra prueba de la mejor manera, para molestia e incluso rabia de quienes no dejan de azuzar en su contra.

 

En la andanada contra del Polo, y especialmente contra Carlos Gaviria, al que no le perdonan sus calidades excepcionales y sobre todo haber obtenido 2.6 millones de votos en 2006, lo que le da grandes posibilidades en las elecciones presidenciales, se refuerzan entre sí dos sectores. El primero, el de reconocidos uribistas, afectos o no a la reelección, que hasta les duele que exista una opción de izquierda democrática. Y el de otros que se presentan como de izquierda porque así se autocalifican o alguna vez militaron en ella, pero que ahora proponen que el Polo renuncie a sus concepciones o se divida, es decir, que se quede sin su razón de existir o que reduzca su posibilidad de triunfar. Con esos amigos… ¿Habrá planteamiento más vacuo que afirmar que se pertenece una corriente de pensamiento porque alguna vez se estuvo en ella?

 

Es conocida la campaña de ciertos analistas de las fuerzas políticas tradicionales tendiente a indicarle y hasta imponerle al Polo cómo debe pensar y actuar, burda e irrespetuosa intervención en los asuntos de una organización diferente a las de ellos, que dice bastante mal sobre el carácter democrático de quienes así actúan. Lo que faltaba. Los que han fracasado estruendosamente en hacer de Colombia un país exitoso en cuanto a sus logros económicos, sociales y políticos, pretenden arrogarse –¡ellos!– el derecho de guiar al Polo, que se creó para resolver los problemas de los colombianos. Hasta Guillermo Perry, ex funcionario del Banco Mundial –¡del Banco Mundial!– se atrevió a señalar a quién debemos escoger como nuestro candidato presidencial.

 

¿Si serán de buena fe los consejos que estos le dan al Polo? ¿El precandidato que recomiendan sí es el que mejor representa su programa y el que tiene mayores posibilidades de ganar la Presidencia? ¿Su objetivo final no es que el Polo traicione sus concepciones o se divida, de manera que ellos ganen con cara o con sello? Resulta bien notorio, además, que no refutan las tesis del Polo ni defienden las suyas, sino que falsean los hechos, difaman y macartizan, actitudes propias de la extrema derecha, aun cuando se autodefinan de otra manera.

 

Torciéndole el cuello a la verdad, dicen que el Polo no tiene las puertas abiertas y que se niega a coincidir con otros sectores. Por ello ocultan que su II Congreso definió que el candidato presidencial del partido encabezará un proyecto de unidad nacional, proyecto en el que además de los polistas caben todos aquellos que quieran unirse a la causa de construir una Colombia que se relacione con el mundo pero no como un Estado vasallo y en contra de su progreso, en la que prospere la economía no monopolista, donde los intereses y derechos de los sectores populares y las capas medias reciban la debida atención, en la que las diferencias no se resuelvan a bala y en la que se construya una democracia auténtica.

 

Se confirma que el juego limpio es virtud escasa en la política nacional. Muy confusa está la opinión pública de un país que no sanciona políticamente a quienes, como fariseos, se presentan como amigos del proyecto que quieren destruir.

 

Coletilla uno: crece en Colombia y en el exterior el descrédito del gobierno de Álvaro Uribe, y no por lo que digan sus contradictores, sino porque hay hechos vergonzosos y de sobra para provocar ese repudio. Incluso aumentan los uribistas que se oponen a la reelección, propósito desmedido que ya le provoca severos daños al país.

 

Coletilla dos: sentido homenaje a Rodrigo Carreño, quien acaba de fallecer en Manizales luego de toda una vida en defensa del teatro y la cultura, coherencia que mantuvo no obstante los muchos sacrificios.