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AVANZA EL COLOR

Jorge Enrique Robledo Castillo Manizales, 12 de agosto de 1996. Hay esfuerzos que parecen condenados al fracaso, porque tropiezan con viejas ideas y porque se estrellan contra las formas más comunes de desarrollar la economía. Y cuando esos esfuerzos desafían concepciones tradicionalmente asociadas con la idea de “progreso”, sacarlos adelante se complica más todavía. Eso […]

Hace 4 meses

Jorge Enrique Robledo Castillo

Manizales, 12 de agosto de 1996.

Hay esfuerzos que parecen condenados al fracaso, porque tropiezan con viejas ideas y porque se estrellan contra las formas más comunes de desarrollar la economía. Y cuando esos esfuerzos desafían concepciones tradicionalmente asociadas con la idea de “progreso”, sacarlos adelante se complica más todavía. Eso le ocurre a los puntos de vista que ven a las arquitecturas del pasado como mucho más que simples “ranchos viejos”, apenas buenos para convertirse en lotes sobre los cuales levantar nuevos edificios que demuestren que la ciudad “sí progresa”. Cuántas inconsistencias, maniobras y necedades hay que vencer para cambiar la idea de que en todos los casos “progresar” quiere decir arrasar, como suelen pregonar los gráficamente llamados “urbanistas del bulldozer”.

 

Sin embargo, las ideas auténticamente progresistas tienden a abrirse paso a pesar de las emboscadas y las “victorias” parciales de sus rústicos adversarios. Ahí están las viejas ciudades europeas y ahí empiezan a florecer en Colombia ciertas poblaciones, zonas y edificios favorecidos por la protección legal y, con más dificultades pero con mayores méritos aún, por los cuidados de sus propietarios y la sanción social que contra los destructores ejercen los grupos más civilizados de la sociedad, tal y como ya ocurre en Salamina y empieza a suceder en Manizales.

 

Las anteriores reflexiones tienen que ver con un hecho nuevo en Manizales: un importante grupo de propietarios de los bellos “ranchos viejos” de la ciudad ha cambiado su actitud y empieza a sentirse orgulloso de ellos, como lo demuestra que los estén pintando con gracia y acierto, además de reciclarlos con una lógica respetuosa que los acomoda a los nuevos días, a los nuevos usos y a otra manera de estimular la economía. Y quién lo creyera, ya hasta una entidad bancaria propuso remodelar su edificio dejando al desnudo un detalle del bahareque que lo caracteriza, como un homenaje al nivel sin par que alcanzara la evolución de esa tecnología en el Antiguo Caldas.

 

Pero no se trata sólo de aceptar que en Manizales existen centenar y medio de edificios declarados patrimonio nacional. La controversia que se libra al respecto tiene dos bandos definidos. El de los que creen que el progreso hay que buscarlo en una urbe igual de anodina y anónima a todas las que polucionan a Colombia. Y el de quienes creemos que el futuro de la Capital de Caldas debe partir del hecho indiscutible de que ella es diferente y que, por su arquitectura, su topografía y sus paisajes, hasta contradice al sentido común intentar igualarla con las ciudades que no gozan de sus particularidades sobresalientes.

 

Dados los evidentes progresos que se notan en la actitud ciudadana, apenas queda preguntarse: ¿serán los dirigentes tradicionales de la ciudad los últimos en aceptar que Manizales es diferente? ¿Esperarán hasta el último día para reconocer que sus hermosas particularidades son una ventaja que hay que cultivar? ¿Caducarán antes de comprender que aquí hay más que mostrar que la feria anual y las cumbres nevadas del Ruiz? ¿Terminarán legislando sobre el tema, pero con mala voluntad y a regañadientes? ¿Seguirán negándoles a los propietarios de los edificios patrimoniales los estímulos económicos que se merecen?

 

Coletilla: ¿Quiénes se quieren comer la telefónica -la gallina de los huevos de oro de Manizales- no se dignarán sustentar por escrito ese disparate? ¿O, ante la falta de argumentos, se escudarán en su poder y se harán -como se dice- los locos?